en el año 9 antes de nuestra era, las ciudades griegas de la provincia de asia votaron que su año nuevo cayera el día del cumpleaños de un hombre vivo. ese hombre había nacido el 23 de septiembre del 63, en el consulado de cicerón y de cayo antonio. suetonio da la fecha a la romana —el noveno día antes de las calendas de octubre—, la hora —poco antes de salir el sol— y el lugar: el palatino, en el barrio llamado ad capita bubula, «a las cabezas de buey». se llamaba cayo octavio. un matiz de calendario antes de seguir: aquel 23 de septiembre es del calendario romano anterior a la reforma de césar, que andaba desajustado respecto del año solar. el que asia fijó medio siglo después ya era juliano. lo que se heredó fue la etiqueta del día, no el día solar.
de su familia circulaban versiones enfrentadas, y suetonio las pone una al lado de otra. la gens octavia había sido principal en velitras, pero la rama de la que venía él se quedó en el orden ecuestre «hasta el padre de augusto». el propio augusto escribió que procedía de una familia ecuestre antigua y rica, en la que su padre fue el primer senador; marco antonio le echaba en cara un bisabuelo liberto y cordelero y un abuelo cambista. la autopresentación es suya y así hay que leerla. lo que no se discute es la madre: atia era hija de julia, hermana de julio césar. octavio era, por tanto, sobrino nieto del dictador, y ese parentesco es el que hace inteligible todo lo que vino después.
lo que vino después lo hizo un testamento. según suetonio, césar instituyó herederos a tres nietos de sus hermanas, y a cayo octavio le dejó las tres cuartas partes; al pie del documento, añade, lo adoptaba en su familia y su nombre. si esa cláusula equivale a una adopción en sentido jurídico romano se discute desde hace más de un siglo; la adopción formal llegó después, por vía comicial, en el 43, cuando el muchacho de dieciocho años que había recibido la noticia en apolonia ya tenía con qué imponerla. desde marzo del 44 hasta la caída de alejandría, en el 30, pasaron catorce años.
en el 27 llegó el nombre. augusto lo cuenta en sus res gestae: en su sexto y séptimo consulado, extinguidas las guerras civiles, traspasó la república de su potestad al arbitrio del senado y del pueblo romano, «y por ese mérito fui llamado augusto por decreto del senado». suetonio añade quién lo propuso —munacio planco— y contra qué alternativa: algunos querían llamarlo rómulo, como a un segundo fundador. ganó augustus, un nombre «no sólo nuevo, sino más amplio». se suele glosar como «venerable»; la raíz es augere, acrecentar, y el sentido sagrado lo da el propio suetonio: augusta se llaman los lugares consagrados por rito augural.
roma esperó a su muerte para llamarlo dios. en asia, con él vivo, lo escribieron en mármol y empezaron a contar el año desde su nacimiento.
la propuesta de asia la firmó un romano. el dossier conservado en priene —una de varias copias; el texto que suele citarse se compone con las de apamea, eumenía, dorileo y metrópolis— empieza con un edicto del procónsul paulo fabio máximo, que propone que todas las ciudades tengan una sola luna nueva, la del cumpleaños del «divinísimo césar», el noveno día antes de las calendas de octubre, y que ese día entren todos en sus cargos. le sigue el decreto con que la asamblea de los griegos de asia, el koinón, lo aprueba. el decreto le concede a máximo la corona que se había prometido a quien encontrara los mayores honores para césar, porque había hallado, dice la piedra, «lo que hasta ahora ignoraban los griegos»: empezar a contar el tiempo desde su nacimiento. y la corona se proclamaría siempre en los juegos de pérgamo en honor de roma y augusto, y en los de cada ciudad.
el resto es administración, y conviene no saltárselo, porque el decreto no es un texto piadoso sin más. el año de asia era macedonio y lunisolar, y ya empezaba en torno al equinoccio de otoño. el decreto lo clava en el 23 de septiembre, sincroniza el día griego con el romano, llama al primer mes «kaisar», como ya se había votado, enumera los doce meses con sus días hasta sumar trescientos sesenta y cinco, fija el día intercalar en el mes xandikós, manda grabar edicto y decreto en estelas de mármol blanco en los kaisareia de las ciudades cabecera, y añade una disposición sobre la fecha de las elecciones, «como está escrito en la ley cornelia». el elogio de augusto es también político: el que «puso fin a la guerra».
en medio del papeleo va la frase que ha hecho famosa la piedra: «el cumpleaños del dios fue, para el mundo, el principio de las buenas nuevas que por él vinieron». buenas nuevas, en griego, euangélia. hay que leerla con tres cautelas. la palabra está en plural —εὐανγελίων, genitivo— y era el término corriente para anunciar una victoria o una proclamación. la desinencia está restituida por los editores, igual que la expresión «el cumpleaños». y una segunda aparición que imprimían las ediciones antiguas unas líneas más arriba ha desaparecido de la edición actual: hay una sola, y no está entera en la piedra.
unos ochenta años después, esa palabra abre el evangelio de marcos: «principio del evangelio de jesucristo». el uso cristiano más antiguo, el de pablo, queda a unos sesenta. que marcos responda a propósito al lenguaje del culto imperial es una lectura que se discute desde deissmann. craig evans la defiende —el evangelista, escribe, parece haber hecho eco deliberado de un tema central del culto imperial— y a la vez subraya que la cita de isaías que sigue trae las «buenas nuevas» de la tradición judía; otros ven sólo el vocabulario común de la época. lo seguro es la coincidencia de palabra, no la intención.
augusto sí tuvo mes propio, pero no el de su nacimiento. el senado rebautizó sextilis en el 8 a.n.e., un año después del decreto de asia, y suetonio precisa que lo prefirió a septiembre, el mes en que había nacido, porque en aquel le habían tocado su primer consulado y sus victorias más señaladas. en roma el título de dios llegó con su muerte, en el 14 de nuestra era. en asia, con él vivo, ya lo llamaban dios por escrito, y contaban el año desde el día en que nació.