en el año 48 antes de nuestra era, pocas semanas después de perder contra césar en farsalia, pompeyo el grande fondeó frente a la costa de egipto, cerca de pelusio, en el delta del nilo, y pidió asilo al rey. la corte deliberó y decidió matarlo. plutarco cuenta que el argumento decisivo lo dio teódoto de quíos, un profesor de retórica a sueldo, y que lo remató con una frase que ha sobrevivido veinte siglos: «un muerto no muerde».
el rey era ptolomeo xiii, y era un muchacho. plutarco lo llama solo «el joven rey», casio dión «todavía un niño»; apiano es el único que da una cifra, «unos trece años», y su padre había recuperado el trono gracias a roma, con pompeyo detrás. quien gobernaba de verdad era su entorno: el eunuco potino, que llevaba sus asuntos, el general aquilas y el propio teódoto. plutarco reconstruye el consejo así. unos querían echar a pompeyo y otros acogerlo; teódoto demostró que ninguna de las dos cosas era segura. si lo recibían, tendrían a césar por enemigo y a pompeyo por amo; si lo rechazaban, pompeyo les reprocharía haberlo echado y césar haberle obligado a seguir persiguiéndolo. lo mejor era llamarlo y matarlo: así complacerían a césar y no tendrían nada que temer del otro. y a eso, dice plutarco, «añadió sonriendo, según se cuenta», la frase. en griego va en singular —νεκρὸς οὐ δάκνει— y no es el argumento que convence, sino la coletilla que lo sella.
le mandaron una sola barca de pesca. aquilas le explicó que había bajíos y que el fondo arenoso no daba calado para una trirreme. dentro iban aquilas y dos romanos: salvio, un centurión, y lucio septimio, que años atrás había sido tribuno a las órdenes del propio pompeyo. septimio se levantó y lo saludó en latín como imperator. pompeyo se despidió de su mujer, cornelia, recitó dos versos de sófocles —quien se dirige a un tirano se vuelve su esclavo, aunque llegue libre— y bajó a la barca. durante la travesía nadie le dirigía una palabra amable. entonces se volvió hacia septimio: «¿no me equivoco, verdad? tú fuiste compañero mío de armas». septimio solo asintió con la cabeza, sin decirle nada.
en el silencio, pompeyo sacó un pequeño rollo de papiro —plutarco dice biblíon mikrón, «un rollo pequeño», no papel, que no llegaría al mediterráneo hasta la edad media— con un discurso que había escrito en griego para dirigirse a ptolomeo, y se puso a repasarlo. cornelia miraba desde la trirreme y empezaba a tranquilizarse al ver a tanta gente del rey reunida en la orilla, como para un recibimiento honroso. y cuando pompeyo se agarró a la mano de su liberto filipo para ponerse en pie, septimio le atravesó el cuerpo por la espalda con la espada; después salvio y aquilas sacaron los puñales. pompeyo se cubrió la cara con la toga y aguantó los golpes sin decir nada indigno de sí, con un gemido solamente. apiano cuenta la misma escena con otro nombre —el romano de la barca se llama sempronio y es quien da la primera estocada— y dión llama lucio a septimio: el esqueleto coincide y los detalles bailan.
lo despidieron un antiguo esclavo y un soldado viejo, con la madera que nadie quería.
le cortaron la cabeza y tiraron el cuerpo desnudo fuera de la barca. filipo se quedó con él. lo lavó en el mar, lo envolvió en una túnica suya y, como no tenía otra cosa, buscó por la playa hasta dar con los restos de una barca de pesca, madera vieja, pero suficiente para una pira. mientras la levantaba se le acercó un romano ya anciano que había hecho sus primeras campañas con pompeyo y le pidió compartir el rito, para tocar con sus manos y amortajar, dice plutarco, «al más grande de los generales romanos». las cenizas llegaron después a cornelia, que las enterró en su villa de alba. lucano, en la farsalia, da otro final: un cuestor llamado cordo entierra el cuerpo y marca la tumba. es poesía, y no conviene mezclarla con el relato.
cuando césar llegó a alejandría, teódoto le presentó la cabeza. plutarco separa los dos gestos con cuidado: del que le traía la cabeza, césar se apartó como de un asesino; lo que lo hizo llorar fue el anillo de sello de pompeyo, con un león que sostenía una espada entre las garras. potino y aquilas murieron poco después; teódoto escapó, y plutarco cuenta que años más tarde marco bruto lo encontró en asia y lo mató; apiano atribuye esa muerte a casio, que lo crucificó.
queda la fecha, que tiene letra pequeña. veleyo patérculo dice que pompeyo murió «la víspera misma de su cumpleaños», en su año quincuagésimo octavo; plutarco, en cambio, en la vida de pompeyo, lo hace morir con sesenta años menos uno y «un día después de su cumpleaños». el cumpleaños lo da plinio el viejo: pompeyo celebró su tercer triunfo el día de su cumpleaños, la víspera de las calendas de octubre, y en el calendario anterior a césar septiembre tenía veintinueve días —macrobio cuenta que fue césar quien le añadió el trigésimo—, de modo que el cumpleaños caía el 29 y la víspera es el 28. la cronología moderna sigue a veleyo. y aun así es una fecha del calendario republicano, que en el 48 iba muy desfasado respecto al sol, tanto que césar tuvo que estirar el año 46 hasta cuatrocientos cuarenta y tres días para recolocarlo. en cómputo solar, aquel 28 de septiembre caía hacia finales de julio.
el cierre también tiene sus matices. «tres triunfos por las tres partes del mundo» —el primero sobre áfrica, el segundo sobre europa, el tercero sobre asia— no es una descripción neutra: plutarco lo presenta como la gloria que más lo engrandeció, y es la fórmula que el propio pompeyo hizo circular. que recibiera mandos más amplios que ningún romano antes que él es cierto si se habla de mandos, no de territorio: los poderes extraordinarios que le dieron las leyes gabinia y manilia eran imperios militares temporales, y compararlos con la dictadura de sila mide cosas distintas. y leer su caída como una lección sobre la fortuna es el marco de plutarco y de lucano, no una conclusión que haga falta añadir. veleyo lo resume a su manera: el que poco antes no encontraba tierras que conquistar no encontró ninguna para su sepultura.