en el otoño del 218 antes de nuestra era, el ejército de aníbal cruzó los alpes en quince días y bajó a la llanura del po con menos de la mitad de la infantería que había salido de hispania. sabemos cuántos llegaron porque polibio copió las cifras de una inscripción que el propio aníbal dejó en el cabo lacinio. casi todo lo demás —la nieve, las emboscadas, la roca partida con fuego y vinagre— depende de a qué autor se lea.
la marcha empezó en primavera, en cartago nova. polibio y livio coinciden en la cifra con que aníbal cruzó el ebro: noventa mil infantes y doce mil jinetes. sometió a los pueblos entre el ebro y los pirineos, con rapidez pero con grandes pérdidas, dejó allí a hannón con diez mil infantes, mil jinetes y todo el bagaje pesado, y licenció a otros tantos hombres para que los íberos esperaran volver a casa. livio cuenta además que tres mil carpetanos desertaron al ver lo que les esperaba. los cincuenta mil infantes y unos nueve mil jinetes del vídeo son, en polibio, el ejército ya aligerado que siguió desde los pirineos hacia el ródano.
en el ródano, aníbal compró a los ribereños todas las barcas que pudo, pero en la otra orilla le esperaba una hueste de galos. polibio cuenta cómo lo resolvió: mandó río arriba a hannón, hijo de bomílcar —no el de la guarnición—, que cruzó en balsas y cayó por la espalda sobre los galos mientras el grueso atravesaba en barcas. los treinta y siete elefantes pasaron después, y del modo más ingenioso: sobre balsas amarradas a la orilla y cubiertas de tierra, para que parecieran camino, con dos hembras delante. algunos, aterrados, se tiraron al río; sus cornacas se ahogaron, pero ellos salieron caminando por el fondo con la trompa fuera del agua. en polibio, cuando cruzaban los elefantes, los galos de la otra orilla ya estaban vencidos: las jabalinas sobre las balsas son dramatización del vídeo. mientras tanto, el cónsul publio cornelio escipión, que iba camino de hispania, había desembarcado junto a la boca masaliota del ródano. las patrullas de caballería de los dos ejércitos chocaron; según livio, aníbal dudó entre seguir hacia italia o combatir, y fueron unos enviados boyos quienes le convencieron de no gastar fuerzas antes de llegar. publio se presentó en el cruce tres días después de que los cartagineses se fueran, dispuesto a dar batalla, dice livio, y no encontró a nadie.
la subida la cuenta polibio con mucho detalle, y avisa de que él mismo hizo el paso de los alpes para verlo e interrogó a testigos. en un desfiladero estrecho, los alóbroges atacaron la columna desde lo alto, y el daño lo hizo sobre todo el terreno: los caballos heridos se revolvían y empujaban a las acémilas al precipicio con su carga. días después, otros montañeses se presentaron con ramas de olivo y coronas, entregaron rehenes, se ofrecieron como guías y atacaron a la columna en un barranco, haciendo rodar piedras desde las laderas. aníbal tuvo que pasar la noche con media fuerza junto a una roca pelada, separado de los caballos y del bagaje. a los elefantes, cuenta polibio, el enemigo no se atrevía a acercarse. tras nueve días de subida llegó a la cumbre, descansó allí dos y encontró nieve: se acercaba el ocaso de las pléyades.
la bajada fue casi tan mortífera como la subida. el sendero era estrecho y empinado, y quien pisaba fuera de él caía al vacío; más abajo, un desprendimiento se había llevado estadio y medio de ladera. la nieve nueva cubría la helada del invierno anterior, los hombres resbalaban sobre ella y los animales se hundían y quedaban atrapados. en polibio, aníbal hizo reconstruir el sendero en la pared: un día para que pasaran las acémilas y los caballos, tres más para los elefantes, que llegaron medio muertos de hambre.
polibio fue a ver el paso con sus propios ojos; el fuego y el vinagre no están en su relato.
la versión de livio es otra. para abrir la roca, sus soldados talaron árboles enormes, hicieron una hoguera gigantesca aprovechando el viento, calentaron la piedra y la resquebrajaron echándole vinagre, y luego la abrieron con hierro; cuatro días se fueron en torno a esa roca. el episodio no está en polibio, y buena parte de la historiografía lo tiene por leyenda. livio tampoco sabía por dónde había pasado aníbal: se extraña de que se discuta, rechaza el paso de los alpes peninos y el de cremonis que daba celio, y sitúa la bajada en tierra de los taurinos. el paso exacto sigue siendo una discusión.
las cifras de llegada son lo más firme del relato, y aun así tienen dueño. polibio escribe que la marcha desde cartago nova duró cinco meses, el cruce de los alpes quince días —livio da los mismos quince—, y que aníbal bajó a la llanura del po con doce mil infantes africanos, ocho mil íberos y no más de seis mil jinetes, «según él mismo declara» en la inscripción del lacinio. la fuente de la cifra es el propio aníbal. livio, en cambio, deja constancia de que los autores no se ponían de acuerdo: unos daban cien mil infantes y veinte mil jinetes; otros, veinte mil y seis mil. y cita a lucio cincio alimento, que dice haber sido prisionero de aníbal y haberle oído que, desde el ródano, había perdido treinta y seis mil hombres. frente a los cincuenta mil infantes de los pirineos, veinte mil es menos de la mitad, sin haber librado aún una batalla campal contra roma; parte de esas pérdidas, eso sí, fueron combates contra las tribus.
el vídeo cierra con la arenga ante la llanura del po, y conviene situarla. en polibio no se pronuncia al final, sino en la cumbre, con la nieve recién caída y la tropa desmoralizada: aníbal les muestra la llanura, les recuerda la amistad de los galos que la habitaban y les señala dónde queda roma. la comparación de los alpes con la ciudadela de italia es de polibio, que explica así por qué la vista de italia devolvió el ánimo a la tropa. livio sí se la pone en la boca: desde un promontorio, aníbal les dice que están cruzando las murallas no sólo de italia, sino de la propia roma, y que en una o dos batallas tendrán en su mano la ciudadela y la capital de italia. para los elefantes, lo peor no había terminado: de los treinta y siete, cuenta polibio, tras la batalla del trebia y la lluvia y la nieve que vinieron después sólo sobrevivió uno.