no, y el desfase es de casi ochenta años. roma conoció el elefante de guerra en heraclea, en el 280 a.n.e., cuando pirro de epiro desembarcó en italia con unas bestias que la caballería romana no había visto jamás y que bastaron para romperla; volvió a sufrirlos en ásculo el 279. en benevento, el 275, manio curio dentato aprendió por fin a darles la vuelta: acribillados a jabalinas desde la empalizada del campamento, los animales giraron en redondo y cargaron contra las propias filas de pirro.
la primera guerra púnica añadió dos capítulos más. en el 255, en el bagradas, el mercenario espartano jantipo aniquiló el ejército de régulo con un cuerpo de elefantes al frente, y aquella derrota dejó a las legiones paralizadas de miedo durante años: polibio cuenta que se formaban en sicilia frente al enemigo y se negaban a presentar batalla con solo verlos. en el 250, en panormo, lucio cecilio metelo montó la trampa del foso, los acribilló hasta enloquecerlos y capturó vivas decenas de bestias que después exhibió en su triunfo.
zama es del 202. escipión llega el último a esa lista, y ahí está lo interesante: no partió de cero. su solución —abrir calles en la formación para que los elefantes atravesaran las líneas de largo en lugar de recibirlos de frente— es la última pieza de casi ochenta años de escarmientos romanos, no un hallazgo salido de la nada. dicho lo cual, tampoco conviene pasarse por el otro lado: polibio subraya que escipión colocó a los príncipes justo detrás de los hastati «no según la costumbre romana habitual», precisamente por los elefantes, y atribuye el resultado a su previsión. hereda el aprendizaje y le añade algo suyo.
el elefante nunca fue invencible. solo lo pareció mientras nadie había visto cómo se le gana