en los idus de septiembre un magistrado subía a la cima del capitolio y hincaba un clavo en la pared del templo de júpiter óptimo máximo. la orden venía de una ley que tito livio dice haber leído escrita priscis litteris verbisque, en letras y palabras arcaicas, y que no mandaba nada más que eso: que quien sea praetor maximus hinque un clavo en los idus de septiembre. ni por qué, ni para qué. cuando livio la copió, el sentido del gesto llevaba siglos perdido.
la fecha no era casual: era el cumpleaños del edificio, y conviene separar dos cosas que la divulgación suele servir juntas. el año y la escena de la dedicación —marco horacio pulvilo agarrado a la jamba mientras le anunciaban que su hijo acababa de morir, noticia que plutarco da por inventada— los cuenta livio en el libro ii, que sitúa el episodio «el primer año» tras la expulsión de los reyes sin dar fecha de calendario alguna. quien pone la dedicación en los idus de septiembre es plutarco, en la vida de publícola; el propio livio la ata a esa fecha por otra vía, al decir que fue conforme a la ley del clavo como horacio dedicó el templo.
dentro no vivía un dios, sino tres. dionisio de halicarnaso, que escribía en roma en tiempos de augusto, describe tres santuarios paralelos separados por muros medianeros, bajo un solo frontón y un solo tejado: júpiter en el centro, juno a un lado, minerva al otro. y en un rincón, la piedra de término, el dios que —según el relato que roma se contaba a sí misma— se negó a mudarse y al que hubo que edificar alrededor.
ese mismo día se celebraba allí el epulum iovis: la imagen de júpiter recostada en un lecho, las de juno y minerva sentadas en sillas al lado. la base de esa escena es más delgada de lo que aparenta. viene de una frase de valerio máximo, del siglo i de nuestra era, y ni siquiera trata del rito: valerio explica cómo se comía en las casas romanas —las mujeres sentadas, los hombres recostados— y añade que la costumbre pasó de lo humano a lo divino, nam iovis epulo ipse in lectulum, iuno et minerva in sellas ad cenam invitabantur. que el senado banqueteaba aquel día en el capitolio lo cuenta aulo gelio de pasada, al narrar la reconciliación de escipión el africano y tiberio graco en esa misma mesa. y beard, north y price advierten que el epulum y el lectisternio no son el mismo rito: en el epulum, apuntan, los dioses se sentaban en sellae en vez de reclinarse en lechos, justo lo contrario de lo que valerio máximo dice de júpiter.
de un rito antiguo se conserva el gesto. la creencia que lo acompañaba no se conserva.
y ahora el matiz historiográfico, que conviene no saltarse: lo que las fuentes documentan es el gesto, no la creencia. dar por hecho que «los romanos creían» una sola cosa borra un desacuerdo que estaba vivo entre ellos. varrón repartía la teología en tres —la de los poetas, la de los filósofos y la de las ciudades—, y esa división sólo la conocemos porque agustín de hipona la cita cuatro siglos después para atacarla. cicerón dedicó un diálogo entero al asunto y puso en boca de cota, que en materia de religión dice seguir a los pontífices máximos y no a zenón ni a crisipo, la frase que mejor lo resume: a un filósofo hay que pedirle una razón de la religión; a los antepasados hay que creerles aunque no den ninguna.
del clavo, livio no firma la explicación: la transmite. «se cuenta» —ferunt— que marcaba el número del año porque en aquel tiempo las letras escaseaban; y en la misma frase da una segunda razón concurrente, que la ley se consagrara junto al santuario de minerva porque el número es invención suya. y añade un tercer dato, del anticuario cincio: en volsinios se hincaban clavos en el templo de nortia, la diosa etrusca, también para contar los años.
el propio livio deja claro que la costumbre se había abandonado y hubo que recuperarla: el «cada año» describe lo que la ley mandaba, no lo que consta que se hiciera. cuando la peste se alargó, el senado mandó nombrar un dictador —lucio manlio imperioso— con el único encargo de clavar el clavo de aquel año; la ceremonia había pasado de los cónsules a los dictadores, escribe livio, porque su poder era mayor. scullard no cierra el asunto en ninguna de las dos direcciones: anota que ha provocado mucha discusión y ahí lo deja.
queda una confusión por deshacer: un cómputo de años no es un calendario. la pared llevaba una cuenta; el año se fechaba por otros medios, y el propio livio data la dedicación «el año después de expulsados los reyes», no por ningún clavo. lo que sobrevive, retirado lo que no puede sostenerse, sigue siendo una imagen excelente: la ciudad que acabaría midiendo el mundo empezó midiendo su propio tiempo a martillazos, sin estar del todo segura de por qué.