el ejército romano reutilizaba los números de sus legiones durante siglos: una unidad aniquilada volvía a formarse con la misma cifra. hay tres que, hasta donde alcanzan las inscripciones conservadas, dejan de aparecer después del año 9 de nuestra era: la diecisiete, la dieciocho y la diecinueve. se perdieron con el gobernador publio quintilio varo en algún punto de la germania al este del rin, y conviene empezar por lo que las fuentes no dicen: ninguna da el día. el 9 de septiembre es una convención moderna. suetonio cuenta que augusto guardó cada año el aniversario del desastre como jornada de luto —en roma se sabía perfectamente qué día era—, pero no escribió cuál.
quien las destruyó no era un enemigo exterior. arminio, hijo de sigimero, era príncipe de los queruscos y a la vez ciudadano romano y miembro del orden ecuestre, el escalón de la élite justo por debajo del senado. veleyo patérculo, que escribe hacia el año 30 y es el testigo más cercano en el tiempo, lo llama en ii, 118 adsiduus militiae nostrae prioris comes, compañero asiduo de nuestra campaña anterior. eso es cuanto dice la fuente: que mandara tropas auxiliares o se formara como oficial son inferencias modernas, muy repetidas pero inferencias.
al gobernador le ha tocado el papel de crédulo, y ese reparto tiene autor. veleyo escribe bajo tiberio y necesita un culpable con nombre para que el desastre no se impute ni al mando ni a la política de augusto: de ahí un varo lento de cuerpo y de cabeza, más hecho al ocio del campamento que a la guerra, que entró pobre en una provincia rica y salió rico de una provincia pobre. conviene matizar una cosa que la divulgación suele atropellar: ese cuadro es literatura de descargo, no un informe, y buena parte de la historiografía reciente trabaja precisamente sobre la rehabilitación de varo. el propio veleyo, en ii, 118, 4, admite que segestes le avisó y le pidió que encadenara a los conjurados. tuvo la información y no la usó, que es un reproche distinto del de ser un ingenuo.
de la derrota cuyo aniversario augusto guardó de luto no sabemos con certeza ni el día.
la conjura tampoco fue una ocurrencia personal de arminio. dión casio, que escribe dos siglos después, la presenta en lvi, 19 como maniobra colectiva: los conjurados provocaron la sublevación de pueblos lejanos para que varo saliera a sofocarla, lo acompañaron un tramo y se quedaron atrás con la excusa de reunir aliados. el desarrollo, en cambio, no depende de dión. veleyo resume la aniquilación en tres palabras —silvis, paludibus, insidiis, bosques, pantanos y emboscadas— y tácito, en anales i, 61, describe dos campamentos sucesivos: el primero, por su perímetro, obra de tres legiones; el segundo con el terraplén medio caído y el foso somero, atrincheramiento de lo que quedaba. eso es una acción de varios días, no un choque. lo exclusivo de dión es la lluvia. varo se dejó caer sobre su propia espada.
suetonio cuenta que augusto pasó meses sin cortarse el pelo ni la barba y que se golpeaba la cabeza contra una puerta gritando «quintilio varo, devuélveme mis legiones». seis años después germánico llegó al lugar y encontró lo que tácito convirtió en una de sus mejores páginas: huesos blanqueados donde los hombres habían huido o habían resistido, y cabezas clavadas en los troncos —cabezas, dice el latín, no cráneos—. enterraron lo que pudieron. de las tres águilas, germánico recuperó dos: la de la diecinueve entre los brúcteros y otra que le señaló un jefe de los marsos. la tercera tardó treinta años más, la recobró publio gabinio en el 41 ya con claudio, y dión la describe como la única que aún quedaba en manos del enemigo. roma volvió a cruzar el rin varias veces; la provincia que estaba montando hacia el elba no se reconstruyó.
quedan los números, y ahí el silencio es más raro de lo que parece. la dieciocho está atestiguada en piedra: la estela del centurión marco celio, en bonn, lee leg. XIIX y dice que cayó bello variano, en la guerra de varo; no es una tumba, sino un cenotafio, porque el hermano que la levantó dejó escrito que aún se podrían depositar allí los huesos si aparecían. la diecinueve la nombra tácito. la diecisiete no la nombra nadie: salvo una inscripción muy ambigua que hay que leer al revés, no aparece en ningún texto, y su existencia es una hipótesis moderna deducida del hueco que deja en la numeración del ejército de augusto. ninguna fuente antigua registra decisión alguna de retirar los tres números; lo que sabemos es que no vuelven a aparecer. la diecisiete existe, sobre todo, en ese hueco.