el 9 de agosto del año 378, un emperador de roma marchó en persona contra los godos, perdió la batalla y de su cuerpo no volvió a saberse nada. no es una figura retórica: no hubo funeral, ni tumba, ni resto que enterrar.
valente gobernaba la mitad oriental del imperio. dos años antes, decenas de miles de godos que huían de los hunos se habían agolpado en la orilla norte del danubio pidiendo permiso para cruzar y refugiarse en territorio romano. valente se lo dio, y no por generosidad: eran brazos para los campos y reclutas para el ejército. lo que falló fue la logística, y falló de la peor manera posible.
los oficiales encargados de alimentarlos los estafaron. amiano marcelino —militar de aquella época, que escribe con el rencor de quien vio el sistema por dentro— cuenta que llegaron a venderles carne de perro a cambio de que entregaran a sus propios hijos como esclavos. los godos se alzaron en armas, y llevaban dos años recorriendo la tracia cuando el emperador decidió acabar con el problema en persona.
roma no perdió aquel día por ser más débil. perdió por tener prisa.
en el verano del 378 los dos ejércitos se buscaban cerca de adrianópolis. graciano, sobrino de valente y emperador de occidente, venía de camino con refuerzos tras derrotar a los alamanes. valente no quiso esperarlo. según amiano le pesaba compartir la gloria con su sobrino, y sus exploradores le informaron de que los godos eran muchos menos de los que en realidad eran. ordenó atacar, y sus hombres marcharon horas bajo el sol de agosto, sin comida ni agua, para llegar al campo de batalla ya agotados.
aún se negociaba una tregua cuando estalló el combate. la caballería goda, que volvía de saquear los campos de los alrededores, cayó sobre los flancos romanos y los cerró contra el centro. amiano describe el resultado con un detalle que no se olvida: los legionarios quedaron tan apretados unos contra otros que no podían levantar los brazos para usar la espada. dos tercios del ejército de oriente fueron aniquilados, junto con treinta y cinco tribunos y buena parte del alto mando. el propio amiano escribe que roma no veía una carnicería semejante desde cannas.
valente desapareció en la matanza. amiano recoge dos versiones y las dos acaban igual, sin cuerpo: en una cae abatido por una flecha entre los soldados rasos, sin que nadie lo reconozca; en la otra, herido, sus hombres lo llevan a una granja cercana que los godos incendian sin saber que el emperador estaba dentro.
conviene decir qué se ha hecho después con esta batalla. durante mucho tiempo se la presentó como el momento en que la caballería sustituyó a la infantería y empezó la edad media, una lectura que la historiografía actual ha desmontado: barbero y heather coinciden en que adrianópolis fue una derrota táctica gravísima, no una revolución militar. lo que sí cambió fue el mapa político. cuatro años más tarde teodosio firmó la paz y dejó a los godos asentarse dentro de las fronteras, con sus propios jefes y sus propias armas. un pueblo entero pasó a vivir en territorio romano sin dejar de ser él mismo. de valente, mientras tanto, no quedó ni un cuerpo que enterrar.