el 28 de agosto del año 430, en el tercer mes de un asedio, murió en su cama el obispo de hipona. la fecha la fija próspero de aquitania, que anotó en su crónica que aurelio agustín, «obispo en todo excelentísimo», moría el quinto día antes de las calendas de septiembre. la ciudad llevaba cercada por los vándalos desde principios de aquel verano y aún resistiría casi un año más.
lo que sabemos de aquellos meses no viene de un cronista lejano. posidio, obispo de calama y amigo suyo durante casi cuarenta años, se refugió en hipona con otros obispos de la comarca y se quedó allí todo el cerco; lo dice él mismo en la vita augustini, escrita pocos años después. es un testigo presencial, y conviene subrayarlo, porque para la antigüedad tardía es un lujo rarísimo. posidio cuenta que agustín cayó con fiebre en el tercer mes del asedio, que mandó copiar los salmos penitenciales más breves y colgar las hojas de la pared, junto al lecho, para leerlos y llorar, y que unos diez días antes del final pidió que no entrara nadie salvo los médicos y quien le llevara la comida. de aquella vida posidio hace la cuenta al cerrar el libro: setenta y seis años, casi cuarenta de ellos como presbítero u obispo.
próspero, sin contradecirlo, guarda otra escena: agustín murió «respondiendo a los libros de juliano, entre los embates de los vándalos que sitiaban». el moribundo de los salmos era también un polemista que no soltó la pluma, y su réplica a juliano de eclana quedó sin terminar. las dos imágenes son del mismo hombre, y quedarse solo con la primera es quedarse con la mitad más cómoda.
no murió contemplando el fin del mundo: murió corrigiendo a un obispo que le llevaba la contraria.
los sitiadores habían cruzado desde hispania al norte de áfrica en el 429 al mando de gisérico. se los llama arrianos, y ahí conviene matizar una cosa que la divulgación suele atropellar: «arriano» es la etiqueta que les colgó el bando niceno, no el nombre que ellos usaban, y cubre un abanico de posiciones sobre el rango del hijo más que un carné de partido. procopio de cesarea, que escribe un siglo más tarde en constantinopla, cuenta que quien los invitó a áfrica fue el conde bonifacio, gobernador enfrentado con la corte de rávena. el relato es sospechoso por donde se lo mire —explica una derrota por traición, que es el reflejo más viejo de la historiografía romana— y el propio posidio, que estaba dentro, dice que hipona la defendía bonifacio con un ejército de godos federados.
veinte años antes, cuando los godos de alarico saquearon roma, el mundo pagano había culpado del desastre al cristianismo. agustín respondió con la ciudad de dios, que empezó en el 413 y no cerró hasta más de una década después: no fue una réplica de urgencia. su primer libro se abre recordándoles a los romanos que ahora denigran los tiempos cristianos que sobrevivieron porque los bárbaros respetaron las basílicas donde se habían escondido. el argumento de fondo era que ninguna ciudad terrena dura. cuando lo escribió, la que no duraba quedaba a mil kilómetros.
ahora el matiz historiográfico, que conviene no saltarse: hipona no cayó al asalto. posidio dice que el cerco duró «casi catorce meses», que también les cortaron la salida al mar y que fue después de la muerte de agustín cuando la ciudad, abandonada por sus habitantes, ardió a manos del enemigo. procopio cuenta otra cosa: que los vándalos, incapaces de tomarla por la fuerza o por rendición y apretados ellos mismos por el hambre, levantaron el sitio. son dos desenlaces distintos, y en ninguno hay una muralla abierta por la brecha. ninguna de las tres fuentes que narran el cerco —posidio, próspero, procopio— menciona un ariete: lo que describen es un bloqueo.
queda lo que sí se salvó. posidio escribe que agustín ordenó una y otra vez que la biblioteca de la iglesia y todos los libros se guardaran con cuidado para los que vinieran detrás, y él remató la vita con un indiculus, un catálogo de obras, homilías y cartas, con el encargo de ir a buscar las copias a la biblioteca de la iglesia de hipona, donde estarían las mejores. la ciudad ardió; el catálogo no. veinticinco años más tarde esos mismos vándalos entrarían en roma y la vaciarían durante catorce días, y para entonces el hombre que había escrito que ningún imperio terreno es eterno llevaba un cuarto de siglo muerto y sus libros circulaban por medio mediterráneo.