por primera vez en ochocientos años, un ejército extranjero rompió las puertas de roma. ocurrió un día como hoy, el 24 de agosto del año 410 de nuestra era, y el mundo antiguo entendió que nada era para siempre.
conviene empezar por lo que casi nunca se cuenta: alarico no llegó como una tormenta salida de la nada. rey de los visigodos y antiguo oficial al servicio del imperio, llevaba años pidiendo a la corte de rávena lo mismo una y otra vez —tierras donde asentar a su pueblo y un mando oficial en el ejército romano—. lo que recibió fue silencio, promesas rotas y una emboscada durante una negociación. cercó roma tres veces. las dos primeras levantó el cerco a cambio de un rescate y de la palabra de un gobierno que no pensaba cumplirla.
la tercera vez entró. procopio cuenta que alguien abrió de noche la puerta salaria desde dentro, y transmite además la versión romántica: una matrona compasiva, harta del hambre del asedio, que ordenó descorrer el cerrojo. la historiografía actual trata ese relato como leyenda edificante y se queda con lo más probable y lo más incómodo: una traición, sin más.
el saqueo duró tres días. alarico era cristiano arriano —una rama del cristianismo que negaba la plena divinidad de cristo— y ordenó respetar las basílicas y perdonar a quien se refugiase en ellas. el resto de la ciudad se saqueó a placer: los palacios senatoriales, los tesoros acumulados durante siglos, los almacenes imperiales. luego los godos se marcharon hacia el sur. no hubo ocupación, ni gobierno godo, ni incendio general de la ciudad.
la ciudad que conquistó el mundo entero ha sido conquistada.
la frase es de san jerónimo, escrita desde su monasterio de belén en la epístola 127, y explica mejor que ninguna cifra lo que ocurrió aquel agosto: el golpe fue simbólico antes que material. desde áfrica, san agustín empezó a redactar la ciudad de dios para responder a quienes culpaban del desastre al abandono de los viejos dioses. el saqueo de roma no derribó un imperio; derribó la idea de que roma no podía caer.
y hay una coincidencia de calendario que a un romano le habría helado la sangre. el 24 de agosto era uno de los tres días del año en que, según festo y macrobio, se abría el mundus: la fosa ritual que comunicaba la ciudad con el mundo de los muertos. eran jornadas nefastas, en las que no se libraban batallas ni se celebraban bodas. el día que cayó roma, la puerta del inframundo estaba, para ellos, abierta.
alarico no disfrutó del botín. murió pocos meses después en calabria, y jordanes recoge la leyenda de que desviaron el curso del río busento para enterrarlo en su lecho con su tesoro, matando después a los esclavos que cavaron la tumba para que nadie pudiera encontrarla. desde los galos, en el 390 antes de nuestra era, nadie había profanado la ciudad. conviene no exagerar lo que siguió: el imperio de occidente aguantó otros sesenta y seis años y el de oriente, un milenio. lo que aquel 24 de agosto demostró no fue que roma hubiera terminado, sino que la ciudad eterna era, después de todo, mortal.