durante seis años un solo general mantuvo en jaque a las legiones romanas sin librar una sola batalla campal. no ganó ninguna y tampoco perdió ninguna: se instaló en una montaña sobre palermo, se volvió invisible y se dedicó a desangrar a roma golpe a golpe. es el año 247 antes de nuestra era y el hombre es amílcar barca, el padre de aníbal.
la primera guerra púnica llevaba diecisiete años. las dos potencias habían perdido flotas enteras —roma sobre todo, y más por tormentas que por combate— y ninguna podía rematar a la otra. cartago, que había visto a sus generales encadenar desastres desde agrigento hasta panormo, entregó el mando de sicilia a un oficial joven y sin una derrota a sus espaldas. amílcar renunció entonces a lo que cartago llevaba diecisiete años intentando y perdiendo: la batalla decisiva.
fortificó el monte ércte, un macizo escarpado sobre panormo con agua propia, pastos, tres únicos accesos practicables y una cala donde podían fondear sus barcos. conviene no leerlo como una fortaleza inexpugnable: polibio subraya que meterse allí fue una temeridad calculada, porque quedaba «en medio del enemigo», con posiciones romanas a un lado y a otro. lo sostuvo casi tres años a base de emboscadas y contraemboscadas diarias, tentativas y asaltos, mientras su escuadra devastaba la costa italiana hasta cumas. en el 244 se trasladó a érice, la montaña sagrada de venus sobre drépano, y aguantó allí otros dos en una posición absurda sobre el papel: los romanos ocupaban a la vez la cumbre y la ciudad al pie, y él se instaló en medio de los dos.
amílcar no hostigaba para vencer. hostigaba para no perder, que en aquella guerra ya era casi lo mismo.
polibio, que no reparte elogios gratis, se rinde ante el espectáculo y lo compara con dos púgiles de primerísima fila: igualados, valientes y en perfecta forma, cruzando tantos golpes que ni el cronista puede llevarles la cuenta. y aquí conviene pararse, porque esto casi siempre se cuenta al revés. aquello acabó en tablas, escribe polibio, «no por agotamiento y miseria, como dice fabio, sino como hombres todavía intactos e invictos». la lectura del cansancio no es de polibio: es justamente la que polibio rechaza, y se la adjudica a fabio píctor.
lo que sí estaba exhausto era el dinero. las arcas de ambos bandos, vaciadas por dos décadas de coste naval y de flotas perdidas en las tormentas, tocaban fondo. roma no lograba expulsar a amílcar de las montañas y amílcar no podía echar a roma de sicilia.
ahora el matiz historiográfico, que conviene no saltarse, y aquí son tres. el primero es de vocabulario: «guerra de guerrillas» es un término moderno —nace en la guerra peninsular contra napoleón, más de dos mil años después— y aunque describe bien la táctica, le presta un aura de resistencia popular que no le corresponde. amílcar mandaba un ejército mercenario profesional pagado por un imperio comercial, no una insurgencia. el segundo es geográfico: ni siquiera sabemos con certeza qué montaña era ércte. los candidatos son el monte pellegrino y el castellaccio, ambos sobre palermo, y la descripción de polibio no basta para decidir entre ellos.
el tercero es el que más pesa. polibio es prácticamente nuestra única fuente para estos años, escribe un siglo después, y su amílcar invicto encaja demasiado bien con lo que vendría a continuación: el padre insuperable del que hereda aníbal. dexter hoyos advierte de que buena parte de la tradición sobre la «cólera de los bárcidas» —el rencor heredado, la venganza planificada como programa de familia— se construye hacia atrás desde la segunda guerra púnica, cuando ya se sabía en qué acabaría todo. el juramento de aníbal niño, en cambio, hoyos lo da por bueno: lo que discute no es la escena, sino que de ella salga una política. conviene leer al amílcar de sicilia sin el aníbal que todavía no existe.
y aun así el hecho desnudo se sostiene: cornelio nepote escribió que amílcar salió de sicilia sin haber sido derrotado, y en dos mil años nadie ha podido desmentirlo. lo que ocurre es que no le sirvió de nada. la guerra no se decidió en sus montañas sino en el agua, y cartago la perdió mientras él seguía invicto en la suya. años después, lo que estaría arruinado sería el erario público, y serían los ciudadanos más ricos de roma quienes adelantasen de su propio bolsillo el coste de una última flota —un quinquerreme cada uno, solos o asociándose de dos en dos—, con la promesa de que el estado se lo devolvería si la cosa salía bien. salió bien, y con esa flota se acabó todo.