para enfrentarse a la mayor potencia naval de su tiempo, roma hizo algo que ninguna gran potencia admite hacer: copiar. capturó un barco de guerra enemigo, lo desmontó como si fuera un mueble y obligó a sus carpinteros a reproducirlo pieza a pieza. es el año 261 antes de nuestra era, y de esa decisión sale la primera flota de guerra romana.
el problema venía del asedio de agrigento. roma había ganado la ciudad y había descubierto, en el mismo movimiento, que la victoria no servía de nada: mientras cartago dominara el mar, podía reabastecer cualquier plaza siciliana por barco y hostigar las líneas de suministro romanas a placer. sicilia era una isla. quien mandaba en el agua mandaba en la guerra, y en el agua no mandaba roma.
las legiones podían aplastar a cualquier ejército en tierra firme. eso, contra cartago, era exactamente la mitad de lo necesario.
lo que le faltaba a roma era un tipo de barco muy concreto: el quinquerreme. el nombre despista, porque el «cinco» no cuenta filas de remos superpuestas sino remeros por unidad de remada —varios hombres compartiendo remo en dos o tres niveles—, un diseño pensado para mover mucho tonelaje con tripulaciones menos especializadas. era el acorazado del mediterráneo, y los astilleros itálicos no lo habían construido nunca.
aquí entra el golpe de suerte. polibio cuenta que, cuando roma cruzó por primera vez el estrecho de mesina en barcos prestados, un navío de guerra cartaginés se adelantó demasiado persiguiendo a las naves romanas y encalló. los romanos lo capturaron intacto. en lugar de quemarlo, lo usaron como plano maestro: estudiaron su estructura, la desarmaron y pusieron a sus carpinteros a replicarla. de ese modelo, siempre según polibio, salieron cien quinquerremes y veinte trirremes construidos desde cero.
plinio el viejo añade el dato que ha hecho famoso el episodio: la flota estuvo a flote sesenta días después de que se talaran los árboles con los que se hizo. y quedaba el problema de la gente. roma tenía barcos y no tenía marineros, así que mientras los cascos tomaban forma en los astilleros los oficiales montaron gradas de madera en tierra firme, sentaron encima a miles de campesinos y les hicieron ensayar la remada en seco, al aire, hasta que aprendieron a moverse todos a la vez.
ahora el matiz historiográfico, que en este episodio pesa más que en casi ningún otro. el relato viene de polibio, y polibio lo cuenta para demostrar una tesis: la capacidad romana de improvisar ante lo desconocido. la historiografía moderna lo mira con más frialdad. roma llevaba décadas aliada con ciudades de larga tradición naval —tarento, nápoles, las ciudades griegas del sur de italia—, disponía de socii navales, aliados obligados a aportar barcos y tripulaciones, y había mantenido escuadras menores antes de esta guerra. lazenby y goldsworthy coinciden en que la novedad no fue navegar, sino construir en serie un modelo pesado que roma efectivamente no fabricaba; y la cifra de sesenta días, aunque no imposible en un esfuerzo de guerra con madera verde y astilleros simultáneos, tiene toda la pinta de haber quedado redondeada por la tradición.
lo que ninguna fuente discute es el resultado, y es lo bastante extraño por sí solo: en cuestión de meses, una potencia terrestre se fabricó una armada de guerra a partir de un barco enemigo varado. lo que roma seguía sin tener era tripulaciones capaces de maniobrar contra los mejores marinos del mediterráneo. mandar granjeros mareados a un duelo de embestidas contra cartago era una forma elegante de perder la flota entera. hacía falta otra cosa: un artefacto que convirtiera una batalla naval en un combate de infantería.