el primer gran asedio de roma fuera de italia terminó en una victoria aplastante que, sin que nadie lo advirtiera del todo entonces, le reveló por qué todavía no podía ganar la guerra. es el año 262 antes de nuestra era. tras asegurar mesina, roma decidió golpear el corazón del poder cartaginés en sicilia: agrigento, una de las ciudades más grandes y ricas de la isla.
dos ejércitos consulares —cuarenta mil hombres en total, según polibio— rodearon la urbe y cavaron líneas de circunvalación con la intención de rendirla por hambre. no fue un asalto rápido: el cerco se prolongó durante meses y se extendió hasta bien entrado el año siguiente, con las legiones excavando trincheras y fosos alrededor de una ciudad que no pensaba rendirse fácilmente.
y aquí polibio detalla una realidad incómoda que la épica del asedio suele pasar por alto. mientras los romanos sudaban en la tierra, cavaban y se quedaban cortos de suministros, la armada cartaginesa dominaba el mar sin oposición: reabastecía la ciudad sitiada por barco cuando le convenía y hostigaba a placer las líneas de suministro itálicas de las que dependían los propios sitiadores. roma tenía el cerco por tierra; cartago tenía el mar, y con él, la última palabra sobre cuánto podía resistir agrigento.
las legiones sabían aplastar a cualquiera en tierra. pero sin una marina de guerra, cartago era invencible.
el asedio se volvió insostenible para los dos bandos a la vez. cartago, decidida a romper el cerco, envió un ejército de socorro liderado por el general hannón, reforzado con cerca de cincuenta elefantes de guerra. los romanos, hambrientos y exhaustos tras meses de trinchera, salieron a campo abierto y destrozaron a las fuerzas cartaginesas en un choque frontal brutal. la ciudad cayó poco después: las legiones la saquearon y, según diodoro sículo, vendieron como esclavos a veinticinco mil de sus habitantes.
pero la masacre escondía una fuga que desmentía la victoria total. la guarnición púnica que aún resistía dentro de los muros, al mando de un oficial llamado aníbal —un homónimo muy anterior al célebre aníbal barca, y que conviene no confundir con él—, aprovechó la noche para rellenar de paja los fosos de asedio romanos, romper en silencio las líneas de circunvalación y escapar por tierra con buena parte de sus hombres intactos. roma había ganado la ciudad; no había atrapado al enemigo.
ahora el matiz historiográfico, que conviene no saltarse. el relato que ha llegado hasta nosotros depende casi por completo de polibio, escrito generaciones después con una simpatía declarada hacia roma, y de los fragmentos de diodoro sículo, más tardíos y de transmisión incompleta. goldsworthy advierte que la cifra de veinticinco mil esclavizados, aunque verosímil para una ciudad del tamaño de agrigento, procede de una tradición que tendía a inflar los números del castigo infligido al enemigo para subrayar la severidad romana ante una ciudad que había resistido. lo que ninguna fuente discute es la lección estratégica que dejó el episodio, y esa es la que de verdad importa.
los cónsules miraron al mar y comprendieron la amargura del cálculo: las legiones podían aplastar cualquier ejército que cartago les pusiera delante en tierra firme, pero mientras el mediterráneo occidental siguiera siendo un lago cartaginés, ninguna victoria terrestre sería definitiva. sicilia era una isla, y cartago controlaba las aguas que la rodeaban. roma, una potencia que apenas un año antes había cruzado el estrecho en barcos prestados, iba a tener que construir su propia flota de guerra desde cero —y, según la tradición, copiando el diseño de un quinquerreme cartaginés encallado que había caído en sus manos casi por accidente.