reales del todo, y para creerlo no hace falta fiarse de la palabra de nadie: acuñaron su propia moneda. hay bronces de mesina con la leyenda ΜΑΜΕΡΤΙΝΩΝ —«de los mamertinos»— y cabezas de ares o de zeus en el anverso. una banda de mercenarios que emite moneda con su nombre encima ya no es una banda: es un estado, por pequeño y por sucio que sea.
el nombre se lo pusieron ellos: mamertini, «hijos de mamers», que es el nombre osco del dios de la guerra, el marte itálico. eran campanos que habían servido como mercenarios al tirano agatocles de siracusa; cuando este murió hacia el 289 a.n.e. se quedaron sin paga y sin destino. mesina los acogió como huéspedes, y ellos respondieron apoderándose de la ciudad: polibio dice que a los ciudadanos los expulsaron o los degollaron, y que se repartieron las mujeres y los bienes.
y sí a lo del ganado, aunque conviene decirlo entero. durante más de veinte años vivieron de saquear y extorsionar el noreste de sicilia desde aquel puerto robado: ganado, cosechas y tributos arrancados a las comunidades vecinas. lo de los rebaños es una imagen justa de lo que hacían, no una exageración.
lo increíble es cómo acaba, y el detalle exacto importa. acorralados por hierón ii de siracusa, se partieron en dos facciones: una entregó la ciudadela a cartago, que metió guarnición; la otra, temiendo quedar tragada por los africanos, mandó embajada a roma. no fue un cuerpo pidiendo auxilio a dos sitios: fueron dos bandos vendiendo la misma ciudad a la vez. y como cartago llegó primero, la llegada de roma sólo podía ser una cosa: guerra.
de ahí salió la primera guerra púnica. polibio la llama la más larga, la más ininterrumpida y la mayor de cuantas conocemos, y la cuenta en veinticuatro años; el cómputo moderno suele dar veintitrés. la encendió un puñado de mercenarios sin sueldo que no sabían a quién vender su ciudad robada