la guerra más larga del mundo antiguo no empezó por un choque de civilizaciones ni por un ideal, sino por el chantaje de un puñado de mercenarios en paro. en el 264 a.n.e., con la península itálica por fin bajo su control, la frontera de roma tocaba el mar justo enfrente de sicilia. y al otro lado del estrecho, atrincherada en una ciudad robada, una banda de antiguos soldados de fortuna estaba a punto de encender una mecha que ardería durante veintitrés años.
aquellos mercenarios se llamaban a sí mismos mamertini, «hijos de mamers» —el nombre osco del dios de la guerra, el marte itálico—. eran campanos que habían servido a agatocles, el tirano de siracusa, y que, al morir este hacia el 289 a.n.e., se quedaron sin paga y sin destino. en lugar de volver a casa, hacia el 288 a.n.e. se hicieron acoger como huéspedes en mesina, la próspera ciudad griega que vigila el estrecho. les abrieron las puertas; ellos respondieron asesinando a los hombres, repartiéndose a las mujeres y los bienes y quedándose con la ciudad. durante más de dos décadas convirtieron aquel puerto comercial en una base de pillaje desde la que extorsionaban al noreste de la isla.
el cobro llegó tarde, pero llegó. hierón ii, el nuevo y enérgico rey de siracusa, los derrotó en campo abierto a orillas del longano y hacia el 265 a.n.e. puso sitio a mesina, dispuesto a borrar de una vez aquel nido de piratas. acorralados, los mamertinos hicieron lo que hace todo extorsionador cuando el cerco se cierra: buscaron un padrino más grande. una facción entregó la ciudadela a cartago, que metió una guarnición en el puerto al mando de un tal hanón y obligó a hierón a retirarse. pero la salvación pronto les supo a nueva prisión: temiendo quedar tragados por los africanos, otra facción mandó embajadores a roma suplicando ayuda «como pueblo emparentado». habían pedido auxilio a las dos mayores potencias del mediterráneo occidental a la vez.
el senado vio claro que la causa era indefendible; el pueblo, en cambio, vio sicilia entera por saquear.
aquí roma se enfrentó a su propia conciencia, y la fuente que mejor lo cuenta es polibio, que abre su gran historia precisamente con este episodio. socorrer a unos usurpadores que habían tomado una ciudad por la fuerza era, escribe, una causa manifiestamente injusta; y hacerlo significaba además un choque casi seguro con cartago. el senado quedó dividido y no fue capaz de decidir: el reparo moral pesaba tanto como la ventaja estratégica. entonces el asunto pasó a la asamblea del pueblo. según polibio, los magistrados pintaron ante la plebe el botín evidente que sacaría cada cual, y la votación salió a favor de la intervención. se confió el mando al cónsul de aquel año, apio claudio caudex —cuyo colega era marco fulvio flaco—, con la orden de cruzar a mesina.
la divulgación suele rematar la escena con roma reuniendo de golpe una gran flota requisada a sus aliados itálicos. conviene matizar: en el 264 a.n.e. roma todavía no era una potencia naval, y la travesía del estrecho se hizo con barcos de transporte ajenos y embarcaciones prestadas, no con una armada propia —que tendría que improvisar después, en plena guerra y a costa de naufragios—. lo que sí está fuera de duda es el resultado: caudex ocupó regio, en la orilla calabresa, y de noche un tribuno militar pasó a mesina; con ello roma puso un pie en sicilia y desencadenó la primera guerra púnica.
ahora el matiz historiográfico, que conviene no saltarse. nuestro relato depende casi por completo de polibio, que escribió generaciones después y con marcada simpatía hacia roma; aun así, fue lo bastante honesto para confesar que la causa romana le parecía indefendible. el historiador siciliano filino de acragante, en cambio, sostenía que existía un tratado que prohibía a roma pisar sicilia, de modo que la intervención habría sido una violación flagrante; polibio negaba que ese pacto existiera, y los modernos siguen discutiéndolo sin acuerdo. tampoco hay que imaginar a un senado maquiavélico ejecutando un plan de conquista: como subraya la lectura de dexter hoyos, esta fue en buena medida una guerra «no planeada», un encadenamiento de decisiones locales y oportunismos que se le fue de las manos a todo el mundo. lo que la propaganda posterior vistió de fides —la lealtad romana a un pueblo amigo— fue, en su origen, una apuesta arriesgada por el saqueo de una isla rica.
de aquella decisión nació un conflicto que duraría hasta el 241 a.n.e.: veintitrés años, la guerra continua más larga y la mayor guerra naval de la antigüedad. para vencer a cartago, una potencia que no conocía la derrota en el mar, las legiones de tierra tendrían que aprender de cero a navegar y a combatir sobre las olas, o morir ahogadas en el intento. es la gran ironía del episodio: roma, que cruzó el estrecho para rescatar a unos piratas, salió de la guerra convertida en señora de sicilia y, sobre todo, en una potencia marítima. el chantaje de un grupo de mercenarios sin paga acabó dibujando el mapa del mediterráneo para los siglos siguientes.