para dominar un país entero de punta a punta no hace falta arruinarse llenando cada ciudad de guarniciones. basta con tejer un entramado legal que obligue a los sometidos a financiarse ellos mismos las guerras de quien los somete. eso es, a grandes rasgos, lo que roma montó en italia a partir del 272 a.n.e., el año en que tarento se rindió y la península quedó, de hecho, en sus manos.
conviene situar la fecha con cuidado. tarento, la gran ciudad griega del sur, había llamado en su auxilio al rey pirro del epiro, que durante cinco años infligió a las legiones derrotas tan caras que aún hoy llamamos «pírricas». pero pirro acabó marchándose hacia el 275, y en el 272 la ciudad capituló sin él; rhegio, el último reducto griego, caería pocos años después. no fue, pues, una expulsión fulminante de «los griegos» en una sola jornada, como a veces se cuenta, sino el cierre lento de un largo pulso. lo decisivo es el resultado: por primera vez una sola potencia mandaba sobre toda la bota itálica, desde los apeninos hasta el mar jónico.
el senado entendió enseguida un peligro elemental. si apretaba a todos los pueblos sometidos por igual y con la misma dureza, les daba un motivo común para rebelarse a la vez. la solución fue lo contrario de un trato uniforme: un escalafón de estatus deliberadamente desigual. en lo más alto, la civitas optimo iure, la ciudadanía plena con derecho de voto, reservada a unos pocos. por debajo, la civitas sine suffragio, una ciudadanía a medias —con protección legal y obligaciones romanas, pero sin voto en roma—. en paralelo, el nomen latinvm, el derecho latino, que concedía a ciertas comunidades el comercio y el matrimonio legal con romanos y la posibilidad de ascender a la ciudadanía. y en la base, la inmensa mayoría: los socii, «aliados» atados uno a uno por tratados particulares, cada cual con sus propias cláusulas.
la trampa maestra no fue cobrar más, sino cobrar en una moneda que nadie podía dejar de pagar: hombres.
porque ahí está la pieza que la divulgación suele atropellar. roma no exprimía a sus aliados con grandes tributos en moneda; a los socii, de hecho, no les imponía tributo regular alguno, algo insólito en los imperios de la antigüedad. lo que les exigía era un impuesto de sangre. cada comunidad figuraba en una lista —la formula togatorvm— que fijaba cuántos soldados debía aportar a cada campaña del senado, equipados y pagados de su propio bolsillo; roma solo ponía el grano. según polibio, los aliados ponían tanta infantería como la propia roma y hasta el triple de caballería, de modo que en cualquier ejército consular los itálicos eran al menos la mitad de la tropa. a cambio, los aliados compartían parte del botín mueble, pero las tierras conquistadas pasaban a ager publicus y los repartos formales —colonias y asignaciones viritanas— se reservaban a ciudadanos romanos y latinos, una exclusión que siglo y medio después alimentaría la guerra social. el sistema convertía la guerra en el gran negocio compartido: pelear con roma rendía más que rebelarse contra ella.
el cierre lo aportaban las colonias. allí donde un pueblo resultaba peligroso, roma le confiscaba tierra y plantaba en ella una colonia de derecho latino, poblada con sus propios ciudadanos pobres. esas colonias no eran solo premio para los colonos: eran centinelas. quedaban clavadas entre los socii como fortines vigilantes, listas para avisar y para contener cualquier intento de unión. el italiano que recibía la tierra de su vecino sabía que su único seguro de vida era roma; tenía todo que perder y nada que ganar si se pasaba al bando enemigo. la lealtad, así, no se pedía: se hacía rentable y se vigilaba a la vez.
ahora el matiz historiográfico, que conviene no saltarse. la fórmula «divide et impera» —divide y vencerás— no era un lema romano: no aparece en ninguna fuente antigua y es una etiqueta moderna que los historiadores proyectan sobre roma para nombrar el efecto del sistema. y el propio sistema, ese escalafón tan limpio de ciudadanos, semiciudadanos, latinos y aliados, es en buena medida una reconstrucción nuestra. henrik mouritsen advierte que bajo un mismo rótulo —la civitas sine suffragio, por ejemplo— se amontonaban casos muy distintos, y que la rejilla ordenada que manejamos debe mucho a los autores tardíos que esquematizaron lo que en su día fue un tejido de pactos fluidos, negociados ciudad por ciudad. lo que sí está bien documentado es la lógica de fondo. tim cornell la resumió sin piedad: la alianza romana funcionaba como «una organización criminal que compensa a sus víctimas alistándolas en la banda e invitándolas a repartirse el producto de los robos futuros».
el resultado fue una reserva de hombres sin parangón en el mediterráneo. cuando en el 225 a.n.e. roma censó a cuantos podían empuñar las armas, la suma de ciudadanos y aliados rozó cifras que aterraban a cualquier enemigo: podía perder un ejército entero y levantar otro al año siguiente. esa profundidad —no un genio táctico, sino la pura capacidad de seguir reclutando tras cada desastre— sería la que, una generación después, le permitiría encajar el desastre de cannas frente a aníbal y aun así no rendirse. pero antes, con esta fuente aparentemente inagotable de soldados itálicos, el senado dejó de mirar a las montañas de casa y levantó la vista hacia el mar. al otro lado del estrecho, en sicilia, esperaba la primera potencia naval del mundo. roma estaba a punto de cruzar el agua y descubrir que su red de hierro tenía un límite: terminaba en la orilla.