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4125
26 · junio mesopotamia

la jabalina anónima que derribó a juliano

flavivs clavdivs ivlianvs

el 26 de junio del 363, una jabalina lanzada por una mano que nadie identificó atravesó a juliano el apóstata en la retirada de persia. con él murió el último intento imperial de devolver el trono a los dioses antiguos.

moneda romana antigua de juliano el apóstata: un busto con diadema en el anverso y un toro con dos estrellas en el reverso, con la inscripción d n fl cl ivlianvs p f avg
reinhard saczewski · dominio público

el último plan serio para devolver el imperio romano a sus dioses antiguos no lo deshizo un milagro, sino una jabalina cuya procedencia nadie supo nunca explicar. el 26 de junio del 363, en algún punto del valle del tigris al sur de la actual sámarra, el emperador flavius claudius iulianus —juliano, al que la posteridad cristiana bautizaría como “el apóstata”— cayó del caballo con el costado abierto durante una retirada que ya se había convertido en agonía. tenía treinta y un años.

juliano era una rareza en el trono: un intelectual de formación neoplatónica, criado a la sombra de la familia cristiana de constantino y luego apartado del cristianismo en secreto. cuando llegó al poder en el 361 no persiguió a los cristianos con cárceles y hogueras —ese guion vendría después—, sino con burocracia. reabrió los templos, restauró los sacrificios públicos, intentó dotar al paganismo de una jerarquía sacerdotal organizada a imitación de la iglesia y retiró a los profesores cristianos el derecho a enseñar los clásicos. la idea era sutil: no aplastar la fe nueva, sino devolverle al viejo panteón la maquinaria institucional que lo había hecho funcionar durante mil años.

para asegurar ese proyecto necesitaba el prestigio que solo daba la guerra. en la primavera del 363 condujo un ejército enorme contra el imperio sasánida, descendió por el éufrates y llegó hasta las puertas de ctesifonte, la capital persa. pero no pudo tomarla. con las líneas de suministro estiradas, el calor implacable y el rey sapor ii negándose a presentar batalla campal, juliano ordenó la retirada hacia territorio romano. fue entonces cuando la campaña se desmoronó: la caballería persa hostigaba sin descanso la columna, el hambre apretaba y cada jornada costaba hombres. amiano marcelino, que servía como oficial en aquel ejército y es por tanto un testigo presencial, narra esos días con la precisión seca de quien los vivió.

el 26 de junio, una de esas escaramuzas estalló a la vez en la vanguardia y en la retaguardia. juliano, según amiano, salió a galope a reordenar las líneas con tal precipitación que no se detuvo a ponerse la coraza. en el desorden, una lanza de caballería le rozó el brazo, le atravesó las costillas y se le alojó en el lóbulo inferior del hígado. lo llevaron a la tienda imperial, donde su médico —el célebre oribasio de pérgamo— intentó suturar la herida. fue inútil: murió esa misma noche.

amiano, que estaba allí, escribió que la jabalina vino “no se sabe de dónde”. la frase honesta de un testigo se convirtió en el espacio en blanco que cada bando llenó a su gusto.

ahora el matiz historiográfico, que es justamente el corazón de esta historia. ¿quién lanzó la jabalina? amiano, la fuente más fiable y la única ocular, confiesa que lo ignora: incertum unde, escribió, “no se sabe de dónde”. y sobre ese vacío se libró enseguida una batalla de propaganda. los autores paganos como zósimo lo dieron por un golpe persa o, peor, por una traición; el rétor libanio, amigo y panegirista de juliano, llegó a sostener que el asesino fue un cristiano de sus propias filas, indignado por la devoción del emperador a los dioses. la historiografía cristiana posterior —sozómeno entre ellos— recogió encantada esa versión, y la convirtió en castigo divino. otros apuntaron a un auxiliar árabe sarraceno al servicio de persia. la verdad es que ninguna de esas atribuciones se puede probar: la jabalina sigue siendo anónima, y conviene resistir la tentación de adjudicarle un dueño que las fuentes no autorizan.

lo que sí está documentado es el día siguiente. con juliano muerto y el ejército atrapado en territorio enemigo, los generales no convocaron a júpiter: al amanecer del 27 de junio eligieron emperador a joviano, oficial de la guardia y cristiano. acorralado sin víveres, joviano aceptó de sapor ii una paz humillante —una tregua de treinta años a cambio de cinco provincias al otro lado del tigris y de plazas fuertes como nísibis y singara—, condiciones que el propio amiano condenó como una vergüenza. la célebre frase de agonía que la tradición pone en boca de juliano, “venciste, galileo”, pertenece a una leyenda cristiana muy posterior y no aparece en las fuentes contemporáneas: es teología disfrazada de crónica.

con juliano se cerró la dinastía constantiniana y, con ella, la última oportunidad realista de que un emperador devolviera al paganismo el aparato del estado. la aristocracia pagana de occidente conservaría influencia y altares durante generaciones, pero ya nunca volvería a ocupar el trono ni el programa imperial. resulta una de las grandes ironías de la antigüedad tardía: el hombre que quiso restaurar a los dioses con leyes, presupuestos y organigramas acabó dándole al cristianismo su mejor relato, el de un perseguidor abatido por una mano invisible. el azar de una escaramuza —una coraza sin abrochar, una lanza sin firma— pesó más en la historia de europa que todos sus edictos.

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fontes classicae.

  1. i. amiano marcelino · res gestae libro xxv
  2. ii. zósimo · nueva historia libro iii
  3. iii. libanio · discursos oratio xviii

bibliografía moderna.

  1. i. g.w. bowersock · julian the apostate

transitus

dídac
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dídac

ingeniero de software, divulgador histórico. escribe sobre historia política antigua y la rabia que le produce su propio siglo. construye en internet una encyclopædia romana — y unas habitaciones más.