una vez al año, la ciudad más poderosa del mundo se quedaba completamente atascada contra sí misma. y la culpa no era de un enemigo ni de un dios: era de sus propios alquileres.
ocurría un día como hoy, cada primero de julio. los historiadores del derecho romano reconstruyen, a partir de los textos jurídicos, que el año de alquiler solía empezar en pleno verano: hacia esta fecha vencían y se renovaban los contratos —la locatio conductio, el arrendamiento— de las insulae, literalmente «islas»: los bloques de pisos, rodeados de calles por los cuatro costados, donde se hacinaba la plebe. si no podías pagar el precio nuevo que imponía tu casero, te tocaba hacer las maletas. y como los contratos vencían todos a la vez, las maletas las hacía media ciudad el mismo día.
y había muchísimas islas. los catálogos regionarios de roma, ya del bajo imperio, cuentan unas cuarenta y seis mil insulae frente a apenas mil setecientas domus, las casas señoriales de una sola familia. eran altas y frágiles: augusto tuvo que limitar su altura a unos setenta pies —una veintena de metros—, según cuenta el geógrafo estrabón, porque se venían abajo. en la planta baja, dando a la calle, estaban las tabernae, los locales y tiendas; encima, pisos cada vez más baratos, más calurosos y peor rematados. porque la lógica de los precios era la inversa a la nuestra: cuanto más arriba vivías, más pobre eras. el último piso, el cenaculum, era el más mísero de todos; el primero en arder y el último en enterarse.
quien alquilaba en roma jugaba cada año a dos cosas: al precio y a que el edificio siguiera en pie.
peligroso de verdad. el poeta juvenal, con la sátira por delante, describía el terror de vivir bajo las tejas, entre el fuego y el derrumbe. y no era solo literatura: en una carta a su amigo ático, el propio cicerón cuenta —con más fastidio de contable que remordimiento de casero— que dos de sus tabernae, sus locales de alquiler, se le habían venido abajo y que en el resto las grietas avanzaban. hasta los ratones, bromea, se habían mudado ya. la carta vale oro precisamente por eso: no es un moralista denunciando un escándalo, es un propietario cualquiera hablando de su cartera.
y aquí conviene el matiz de historiador. la estampa del gran día de la mudanza —decenas de miles de personas arrastrando camas, ánforas y enseres por calles estrechas, a gritos, bajo el sol de julio— es una reconstrucción moderna, popularizada por la divulgación desde carcopino en adelante. la fecha del primero de julio sale de los textos jurídicos, no de una crónica que describa el atasco; y el millón de habitantes que se atribuye a la capital es la más alta de las estimaciones. lo que nadie discute es el fondo: una mayoría abrumadora de romanos vivía de alquiler, en edificios que se caían, pagando a caseros que podían subir el precio cada verano.
el cierre tiene su ironía. roma dominó buena parte del mundo conocido con la disciplina de sus legiones, la ingeniería de sus calzadas y la frialdad de su derecho. pero cada primero de julio, ese mismo derecho convertía su propia capital en un atasco de camas y ánforas al sol. el imperio que sometió a cartago nunca consiguió someter a sus caseros.