roma construyó la mayor flota militar de su época para vencer a cartago. quien la aniquiló en una sola tarde no fue cartago: fue el mar.
año 255 antes de nuestra era. tras el desastre de régulo en el bagradas, el senado armó a toda prisa una flota de rescate de unos trescientos cincuenta buques de guerra y la envió a áfrica a recoger a los supervivientes. la operación salió bien, y salió incluso mejor de lo previsto: de regreso, la flota se topó con una escuadra cartaginesa frente al cabo hermeo, la derrotó y le capturó más de cien naves. rumbo a italia navegaban ya trescientos sesenta y cuatro barcos.
bordeando la costa sur de sicilia, los pilotos —hombres que conocían aquel tramo y sus vientos— advirtieron a los cónsules de que se acercaba una tormenta colosal y pidieron desviar el rumbo. polibio recoge lo que decidieron los comandantes romanos: ignorar el aviso y mantener la derrota prevista. es el mismo defecto que acababa de costarle a roma un ejército en áfrica, aplicado ahora a una flota.
no fue una tormenta lo que hundió aquella flota. fue una tormenta y una orden.
a la altura de camarina el cielo se desplomó. el temporal atrapó a la flota contra una costa acantilada y sin refugios, que es la peor posición posible para una nave de remos: sin margen para capear mar adentro, el viento las empujó contra las rocas. se perdieron doscientos ochenta y cuatro navíos de guerra. sobrevivieron ochenta.
conviene ser preciso con la cifra que suele citarse. las bajas —del orden de cien mil hombres— no son un dato transmitido, sino una estimación calculada a partir del número de naves que da polibio y de la dotación habitual de un quinquerreme. y esos muertos no eran legionarios en su mayoría: eran remeros, marineros y aliados itálicos, la mano de obra invisible del poder naval romano. con esa salvedad, sigue siendo la mayor pérdida de vidas en un solo naufragio masivo de la que tenemos noticia.
cartago no tuvo que mover un dedo para ver arruinado a su enemigo. y lo más revelador de todo es lo que roma hizo después: volvió a construir la flota. esa terquedad —absorber una catástrofe que habría sacado de la guerra a cualquier otra potencia y seguir— es la explicación de fondo de por qué acabó ganando. mientras tanto, en sicilia, un general estaba a punto de coger el arma que aterraba a las legiones desde el bagradas y convertirla en una trampa.