esta semana, en la revuelta, david broncano anunció que dejarían de usar inteligencia artificial en el programa por completo, después de que varias personas se quejaran por una imagen generada con ia en la que aparecía su cara sin permiso. es algo que está a la orden del día desde que la inteligencia artificial empezó a masificarse —o más bien a democratizar el acceso a herramientas con capacidades reales y útiles— hace ya un par de años o más.
lo he visto muy de cerca en mi contexto personal: amigos que se han declarado abiertamente en contra del uso de ia prácticamente para cualquier cosa, desde el principio; y otros que la han incorporado más orgánicamente en su día a día y en sus flujos de trabajo. habrán pasado año y medio, dos, tres años desde esa democratización, y veo que la situación está casi politizada: hay quien estaba muy en contra al principio y sigue muy en contra; hay quien estaba en contra y poco a poco va aceptando esas herramientas; y hay quien quizá nunca se planteó la disyuntiva —qué implicaba, qué cuestiones éticas o sociales planteaba— y empieza a hacerlo ahora: algunos siguen hacia adelante, otros deciden parar y mirar alrededor. me da la sensación de que es lo que ha pasado con la revuelta.
esto me ha llevado a hacer una analogía con el mundo de las redes sociales. nunca he sido muy fan del concepto de red social, ni he sabido manejarme bien con ellas. llegué tarde a facebook, y con instagram no quise entrar, porque desde muy pronto identifiqué de qué iba: la rueda de la perfección, la sobresimplificación de que tu vida es perfecta, compartir solo los buenos momentos, las apariencias. no quise entrar. y sentí en mi propia piel los efectos que las redes sociales estaban teniendo, no sé si en la sociedad o en mí mismo.
pero me sorprendía una cosa: el hecho de decidir no tener redes sociales también te afecta. se ha dado un fenómeno sorprendente a nivel sociológico, casi demográfico: las redes sociales afectaban quizá más a quienes decidían no consumirlas que a quienes sí. normalmente, cuando alguien decide entrar en un sitio, los hechos afectan a quienes entran. un restaurante sirve la comida a quien ha entrado, no a quien está fuera. con las redes sociales es al revés: te sirven la comida a los que están fuera. y se siente raro cuando lo notas en tu propia piel: yo decido no tener redes sociales, y eso me afecta más que si las tuviera, aunque vaya contra mis principios.
esta es un poco su forma de trabajar: que haya tanta gente dentro como sea posible, y generar una desconexión entre los que están dentro y los que están fuera. los que decidimos estar fuera nos sentimos excluidos —no por las redes sociales, sino por nuestros propios amigos y familiares que están dentro—. puede parecer extremo, pero si lo pensamos un minuto es cierto: la gente comparte de todo, el que se va de viaje sube las fotos, el que va a un concierto lo comparte. y se genera una memoria muscular: “ya lo he compartido, quien quiera ya lo ha visto, no lo cuento”. ahí está la desconexión. generalizo, pero da para generalizar: muchos de tus amigos más cercanos ya no te cuentan cosas, ya no te mandan recuerdos, fotos o vídeos de lo que han hecho, porque lo han subido a redes y esperan que tú lo veas. se deja de cuidar el trato uno a uno y se dirige todo a un trato uno a muchos —y cuantos más, mejor—. quien decide no participar en el juego se siente excluido, porque en ese “uno a muchos” no entras tú; y es “culpa tuya” por no entrar.
así crecen las redes sociales. un adulto con las ideas claras es consciente de esto y tiene que decidir cada día: luchar contra ello, asumir la desconexión con sus seres queridos, o entrar en el juego. si para un adulto ya es un conflicto, imaginad un niño, un adolescente, donde el miedo a la exclusión es inherente a esa fase del desarrollo. un niño es capaz de entender que sus padres le digan que aún no puede tener móvil, aunque todos sus amigos suban bailes a tiktok; pero no es capaz de gestionar la exclusión. para mí es un veneno horrible de las redes sociales, terrible, con un poder brutal sobre las personas.
¿y qué tiene que ver con la inteligencia artificial? la ia ha dado un paso más en esta exclusión. hasta ahora el efecto de las redes era puramente social: conexiones entre personas. la ia lo vuelve económico, laboral. sigue siendo social, pero con muchas más ramificaciones. las herramientas de ia, igual que las redes, abren el grifo a que la gente tenga acceso a aptitudes y capacidades que no tenía. con las redes era a nivel social —conectar con personas que de otra manera no conocerías—; con la ia es a nivel profesional, porque te permite hacer cosas que no sabrías hacer. y, igual que con las redes, hay que ir con cuidado: no te puedes creer todo, puede fallar, puede tener efectos adversos. pero te da un rango de capacidades que sin ella no tenías.
el ejemplo que más he escuchado a mis amigos: “estoy en contra porque ahora la gente recurre a la ia para generar imágenes y diseños que antes hacía un diseñador gráfico”. es cierto, pero el trasfondo va más allá: la ia permite que gente que no es diseñadora haga cosas que haría un diseñador. no entro en la calidad, ni en si lo hace mejor o peor: la capacidad te la da, aunque sea con fallos. no desmerezco el trabajo de nadie: un especialista con sus propias ideas será mucho mejor que una ia, hoy y seguramente durante años. y un diseñador que además use ia será mejor que uno que no la use, porque al que sabe también le amplía y le permite explotar más sus conocimientos.
con la ia, si decides no entrar en la rueda, te quedas fuera de trabajos, de ganarte un sueldo. ya no es una cuestión de principios, sino de necesidad.
¿a dónde voy? a que quien no incorpore herramientas de ia en su día a día —a nivel profesional, pero también personal— se va a quedar excluido. excluido de habilidades, de aptitudes, de cosas que uno es capaz de hacer. por eso es tan peligroso el dilema en el que te pone la ia. con las redes sociales podías decir “voy a aislarme de mis amigos, no pasa nada, no quiero pasar por el aro”, e incluso sacar algo positivo: cuidar más las relaciones que tengo, vernos en persona, que no se diluyan en el uno a muchos. pero con la ia, si decides no entrar en la rueda, te quedas fuera de trabajos, de ganarte un sueldo. ahí es donde es tan peligroso: ya no es solo una cuestión de principios, sino de necesidad. habrá quien se vea obligado a usar ia para conservar su trabajo, porque en teoría con ia produces más. ya sea por iniciativa propia o porque te lo impone la empresa —“úsalo, que así eres más productivo y me interesa”—, estás prácticamente obligado a caer en estas herramientas. y eso ya no es social, es supervivencia. y nadie está hablando de esto.
miramos las gráficas de adopción —facebook tantos días hasta el millón de usuarios, instagram, whatsapp, tiktok, cada vez menos—, y llega chatgpt y rompe todas las barreras, y nadie se plantea por qué. el verdadero motivo es este: esto se nos va a imponer a todos, queramos o no, y vamos a tener que lidiar con ello hasta que explote la burbuja, o hasta que sea más caro usarlo que contratar a una persona, y volvamos al principio. porque hay otro tema: la financiación y el consumo de estas ia. hoy van a pérdidas todas estas empresas, y alguien lo acabará pagando; por ahora los inversores, pero llegará un momento en que serán los clientes, porque los inversores querrán sus beneficios. y entonces estaremos tan enganchados, habremos delegado tanto nuestro trabajo en la ia, que tendremos que reaprender a hacerlo: no es que hayamos dejado de hacerlo, pero hemos cambiado tanto la manera que lo hemos desaprendido. ¿qué va a pasar en esa situación? es muy preocupante, y no se está hablando de ello. ¿qué hacemos con todo esto? ¿cómo lo planteamos?