antes de conquistar el mundo con legiones, la tradición cuenta que roma descubrió que el verdadero poder no estaba en el oro, sino en un recurso más humilde y a la vez imprescindible: la sal. quien controlaba la sal controlaba la conservación de los alimentos y, por tanto, la supervivencia misma de los pueblos.
hacia finales del siglo vii a.n.e., muerto el belicoso tulo hostilio, el senado eligió a un rey de perfil opuesto: anco marcio, nieto de numa, más calculador que guerrero. y, según el relato, supo ver el problema estructural de roma. la ciudad estaba encerrada tierra adentro, a varios kilómetros del mar, dependiente de sus vecinos para todo lo que llegara por agua. sin una salida propia a la costa, jamás pasaría de ser una potencia local.
la sal era el único modo de conservar la carne y el pescado. controlarla era controlar el hambre: por eso la llamaban el oro blanco de la antigüedad.
las crónicas cuentan que anco marcio llevó a su ejército siguiendo el curso del tíber hasta la desembocadura, en la costa del tirreno, y fundó allí la primera colonia romana: el puerto de ostia. roma dejaba de ser un punto aislado para integrarse en las rutas marítimas del mediterráneo. conviene una cautela historiográfica: la arqueología no encuentra una colonia en ostia hasta el siglo iv a.n.e., mucho después de la época regia, de modo que la fundación por anco marcio pertenece a la leyenda más que al registro material. lo que la tradición intenta explicar, en realidad, es el origen de un doble vínculo: el de roma con el mar, y el de roma con la sal.
porque el tesoro estaba en la propia orilla. en la desembocadura del tíber había salinas, y la tradición atribuye a roma el control de esa producción y la creación de la via salaria, la “ruta de la sal”, para distribuir el oro blanco tierra adentro. merece la pena desmontar un mito muy repetido: se suele decir que la palabra salario nace de que a los soldados romanos se les pagaba con raciones de sal. no es así. salarium sí está emparentado etimológicamente con sal, pero no hay prueba alguna de que las legiones cobraran en sal; la interpretación literal de un pago en raciones de sal carece de respaldo en las fuentes antiguas y procede de una etimología popular tardía.
con el comercio llegó la riqueza, y con la riqueza, el crecimiento. la tradición atribuye también a anco marcio el primer puente de madera sobre el tíber —el pons sublicius— y la excavación de la temida prisión del foro, el carcer al pie del capitolio donde roma encerraría a sus enemigos durante siglos. el retrato resultante es el de un rey que, sin grandes guerras, dotó a la ciudad de infraestructura, de ingresos y de estructura administrativa.
conviene situar la sal en su contexto antiguo para entender por qué la leyenda la elige como cimiento del poder. sin refrigeración, la salazón era el único modo de conservar carne y pescado durante meses, de abastecer ejércitos en campaña y de comerciar con alimentos a larga distancia: la sal no era una mercancía más, era infraestructura de supervivencia. de ahí que las rutas saleras fueran arterias estratégicas en todo el mediterráneo, y de ahí también la fuerza simbólica del relato. y aunque la fundación de ostia por anco marcio sea legendaria, apunta a una verdad histórica de fondo: el destino de roma quedaría ligado para siempre a esa desembocadura. en época imperial, ostia se convertiría en el gran puerto de la capital, el punto por el que entraba el grano de egipto y del que dependía el alimento de un millón de bocas. la tradición, al atribuir su origen a un rey, no hacía sino reconocer cuán antigua y vital era esa conexión.
el sentido del episodio es ese cambio de naturaleza: roma deja de ser un campamento de pastores y guerreros para volverse una potencia comercial con intereses, rutas y aduanas. pero la prosperidad tiene un precio. una ciudad rica atrae la mirada de los ambiciosos, y durante el reinado de anco marcio se instaló en roma un inmigrante extraordinariamente acaudalado, llegado de la avanzada etruria, dispuesto a comprar la corona desde dentro.