hasta ahora, en este blog, he hablado sobre todo de reflexiones más o menos generales. hoy quiero hablar de algo más personal, algo que me toca de cerca y que me genera, cuanto menos, preocupación. es un tema muy trillado, pero nunca está de más reincidir en él: el acceso a la vivienda en este país.
semana tras semana salen datos nuevos, publicaciones estadísticas nuevas, y todas dicen lo mismo: cada vez es más difícil para los jóvenes emanciparse. la edad media de emancipación sube, la ventana de acceso a la vivienda se aleja, y el horizonte se vuelve más complicado año tras año.
el dato concreto que vi esta semana pasada: el 80% de las personas menores de treinta años en este país viven con sus padres o no han podido acceder a una vivienda. el 80%. cuatro de cada cinco. son cifras astronómicas, y chocan. los datos no mienten: reflejan muy bien una situación real, el acceso a la vivienda es prohibitivo. lo lleva siendo durante tiempo, pero cada vez lo es más, y parece que no somos capaces de tomar medidas, de encontrar la forma de aliviar un problema social, estructural y muy grave.
y ahora voy a hablar desde mi situación. soy una persona joven —cada vez menos, pero todavía dentro de ese grupo de menores de treinta—. tengo estudios universitarios. tengo un trabajo estable, un buen trabajo, no me puedo quejar, con un buen sueldo. he tenido la suerte de encadenar contratos indefinidos desde el principio. generalmente hago bien las cosas, y las he hecho bien desde los primeros sueldos —más allá de que al principio, evidentemente, uno gasta más—. soy una persona bastante sencilla, sin demasiados excesos. y aun así, la realidad es que hoy no puedo permitirme una vivienda.
ayer veía vídeos de la última manifestación en madrid por este mismo tema. salían personas comentando cómo iba la concentración, y es duro decirlo, pero casi todos los comentarios que me aparecían iban en la misma dirección: “sí, mucho manifestarse por no tener casa, pero todos tienen un iphone”. todos se van de vacaciones. todos salen a comer. todos salen de fiesta. y cuando ves esa repetición, esa insistencia, te lo acabas planteando: ¿estoy haciendo las cosas mal? ¿es por eso por lo que no tengo acceso a una vivienda? ¿de verdad un derecho como tener un techo digno conlleva una penitencia, un sacrificio previo?
¿en qué momento gastarte mil euros en un móvil hace que no merezcas una vivienda digna cerca de tu trabajo, en el sitio donde has nacido?
es muy fácil hacer ese tipo de comentarios desde internet, pero hay mucha gente que piensa así de verdad. no debería chocar con mi filosofía de vida, pero en momentos más bajos lo hace. porque sí, me he ido de vacaciones. sí, tengo un móvil que no es precisamente el más barato. ¿y son de verdad esas dos cosas los motivos por los que una persona que terminó la universidad, que se puso a trabajar, que ha tenido contratos indefinidos desde el primer momento, que se esfuerza por mejorar y por que se le valore, que fuera del trabajo tiene proyectos y hobbies que le llenan, no puede acceder hoy a una vivienda digna?
no bebo, no fumo, no me drogo. no me gusta salir de fiesta. compro la ropa que buenamente necesito. el exceso más grande que tengo es que me gusta comer variado y equilibrado, y que hago la compra en el mercado de mi barrio en vez de en la gran superficie. y ni siquiera es más caro: si tengo que comprar algo en la pollería o en la carnicería, voy al mercado, para hacer barrio y dar apoyo a los comercios locales. es algo que, social y éticamente, me gusta hacer, y no marca tanta diferencia. pero llegas a un punto en el que empiezas a cuestionarte hasta eso.
y te queda mal cuerpo. te queda mal cuerpo porque la duda que se te queda latente todo el rato es “no hago lo suficiente”. que verdaderamente no estoy haciendo lo bastante como para merecer, como para tener derecho, a una vivienda. y empiezas a hacer cálculos absurdos: quizás este año no debería irme de vacaciones, porque esos dos mil euros me vendrían muy bien para acceder a una casa. pero es que acceder a una casa debería ser lo mínimo. una cosa es el esfuerzo razonable —tener un trabajo, no malgastar el dinero— y otra muy distinta es que vivir tu vida entre en el apartado de los sacrificios.
soy consciente de mi privilegio, no quiero menospreciarlo: tengo un buen trabajo, estable, llego a fin de mes y cubro mis gastos sin problema. hay muchísima gente en una situación mucho peor que la mía, y han salido adelante como buenamente han podido; unos con un piso en propiedad, otros de alquiler, cada uno apañándose a su manera. pero precisamente por eso la pregunta se vuelve más absurda: si yo, partiendo de esta suerte, tampoco llego, ¿de verdad el relato es que el problema son las personas que no se esfuerzan lo suficiente?
porque no pido tanto. nadie pide tanto cuando quiere una vivienda digna en la población que pueda elegir. claro que podría comprar algo en vilafranca del penedès, en valls, en tarragona. es una cosa a la que más o menos podría acceder. pero trabajo en barcelona, mi familia es de barcelona, mis amigos son de barcelona, mi vida está en barcelona. ¿qué sentido tiene disolver unas uniones —familiares, de amistad, de pareja— que han nacido y han crecido en un territorio, solo porque la demanda en ese territorio ha subido y ya no puedes pagarlo? ¿dónde hemos ido a parar para que eso sea un argumento válido?
hemos aprendido de la generación de nuestros padres: muchos se metieron en hipotecas, se fueron a vivir juntos, tuvieron hijos con parejas que no estaban bien y que acabaron rompiéndose; algunos ni siquiera se pudieron separar por la dependencia económica que había entre ellos. conozco parejas que se han separado, que tienen hijos, y que siguen viviendo en el mismo piso juntos, estando separados, porque no se pueden permitir hacer vidas aparte. ni siquiera eso. y viendo situaciones así, ¿de verdad vamos a sostener que el problema no es social y estructural, sino de la gente que no se esfuerza? no tiene ningún sentido.
una vivienda digna es un derecho. no hablo de una mansión, ni de un ático dúplex, ni de una urbanización con piscina —eso sí, probablemente, tendrás que ver si te lo puedes permitir—. hablo de lo mínimo: una vivienda en la que puedas estar a gusto, con unos metros, con luz natural, con tus amigos cerca. eso no debería requerir sacrificios. debería ser accesible para todo el mundo. y, sin embargo, en lugar de hablar de cómo solucionarlo, dejamos que el discurso se centre en que yo dude de si estoy haciendo los esfuerzos suficientes como para merecer lo que pido. eso no está bien. inevitablemente me vienen las dudas, inevitablemente pienso si tendré que conformarme con menos. y, al final, el propio concepto de vivienda digna acaba siendo lo más resbaladizo de todo: ¿qué es, para ti, una vivienda digna?