la teoría era brutal: quien ponía la mano sobre un tribuno se volvía sacer —maldito, consagrado a los dioses—, y entonces cualquiera podía matarlo sin juicio ni castigo (a veces despeñándolo por la roca tarpeya). la plebe entera lo había jurado en bloque. pero aquí está el zasca: no hay ningún caso famoso de un agresor ejecutado por ese mecanismo. el escudo nunca disparó. los muertos célebres alrededor de la sacrosanctitas fueron los propios tribunos. en el 133 a.n.e. un grupo de senadores encabezado por escipión nasica linchó a tiberio graco —tribuno EN ejercicio— a golpes y arrojó su cuerpo al tíber (plutarco, vida de tiberio graco). su escudo mágico no lo salvó de nada. su hermano cayo cayó en el 121, pero ojo: ya no era tribuno y lo mataron al amparo del primer senatus consultum ultimum —el “decreto último”, ley marcial de facto— dirigido por el cónsul opimio (apiano, guerras civiles i). o sea: la institución que prometía intocabilidad acabó siendo el lugar donde se rompió el tabú, y ese día arrancó el siglo de guerras civiles que liquidó la república
r.responsum