la frase «vicisti, galilaee» —has vencido, galileo— es la más célebre que se le atribuye a juliano, pero no la dijo, o al menos nadie que estuviera allí la oyó. amiano marcelino, que marchaba en aquel mismo ejército y es nuestra fuente contemporánea, narra una muerte muy distinta: el emperador pasó sus últimas horas sereno, discutiendo con dos filósofos sobre la nobleza del alma, sin una sola palabra sobre cristo ni sobre derrota religiosa alguna (res gestae 25.3). el «has vencido, galileo» aparece por primera vez casi un siglo más tarde, en teodoreto de ciro, un obispo que escribe con la intención evidente de cerrar la vida del emperador apóstata con una confesión en el lecho de muerte (hist. ecl. 3.25). la escena es magnífica —siglos después la recogerían swinburne e ibsen—, pero es teología con forma de anécdota, no crónica. por eso en la efeméride nos quedamos con lo que sí está atestiguado, y que además es más inquietante: una lanza sin dueño, un «incertum unde» —no se supo de dónde vino— y un imperio que a la mañana siguiente regalaba cinco provincias para poder volver a casa.
r.responsum