dos ciudades enemigas, en lugar de desangrarse en una guerra total, decidieron jugarse el resultado entero a un combate de tres contra tres. quien ganara el duelo ganaría la guerra; el pueblo del vencido aceptaría someterse sin más sangre. así narra la tradición uno de los episodios más extraños de la roma de los reyes.
lo sitúa hacia mediados del siglo vii a.n.e. muerto el piadoso numa, subió al trono tulo hostilio, un monarca de temperamento opuesto que buscaba cualquier pretexto para volver a la guerra. lo encontró en alba longa, la vieja metrópoli de la que, según el mito, la propia roma descendía. enfrentar a las dos ciudades era, en cierto modo, una guerra entre parientes, y quizá por eso ambos bandos buscaron una salida que evitara la aniquilación mutua.
el pacto fue tan teatral como brutal. cada ciudad designaría a tres campeones, y el choque entre esos seis hombres decidiría el destino de miles. por roma combatirían tres hermanos trillizos, los horacios; por alba longa, otros tres trillizos, los curiacios. el combate empezó como un desastre para roma: dos de los horacios cayeron casi de inmediato, y el último quedó solo frente a los tres albanos. pero, en vez de morir peleando, recurrió a la astucia. fingió huir, y los tres curiacios lo persiguieron en distinto ritmo según el grado de sus heridas, hasta separarse; entonces se revolvió y los abatió uno a uno, aislados. roma había ganado la guerra sin librar una batalla.
en roma, la lealtad al estado pesaba más que la sangre familiar. el héroe del día acabó condenado a muerte por su propia hermana muerta.
el héroe regresó cargado con los despojos de los enemigos, pero la tragedia lo esperaba en casa. su hermana reconoció entre el botín el manto de uno de los curiacios: estaba prometida con él, y rompió a llorar por el muerto. el horacio vio en aquellas lágrimas una traición en pleno día de victoria, desenvainó y la mató allí mismo. el vengador de la patria se había convertido, en un instante, en un asesino, y por ello fue condenado a muerte.
aquí está la clave histórica del relato, y conviene precisarla. la leyenda no explica el origen del derecho civil, como a veces se dice, sino el de la provocatio ad populum: el derecho del ciudadano condenado a una pena capital a apelar al conjunto del pueblo reunido en asamblea. es, por tanto, una institución del derecho penal público, no del privado. condenado a morir, el horacio apeló, y el pueblo —conmovido por sus servicios— lo absolvió. la tradición fechaba así, en los tiempos de los reyes, un principio que la república convertiría en una de sus garantías más preciadas: que ni siquiera el estado podía ejecutar a un ciudadano sin darle la opción de apelar.
el episodio condensa dos lecciones que roma se contaría a sí misma durante siglos. la primera, durísima: la lealtad a la comunidad está por encima del amor y de la familia, y un ciudadano que llora a un enemigo de roma comete una falta. la segunda, civilizatoria: ni siquiera ese principio justifica una ejecución sin apelación. los historiadores modernos ven en todo ello un mito etiológico construido para dar antigüedad venerable a la provocatio, más que un suceso real.
importa entender por qué a roma le interesaba fechar tan atrás esa garantía. la provocatio ad populum se convertiría en una de las piedras angulares de la libertad republicana, reafirmada una y otra vez por leyes posteriores. las valerias y, más tarde, las porcias protegerían al ciudadano frente al poder de azotarlo o ejecutarlo sin que el pueblo pudiera revisar la sentencia. de ese mismo principio nacería, siglos después, el orgullo contenido en la fórmula civis romanus sum, “soy ciudadano romano”: la idea de que pertenecer a roma confería derechos que ningún magistrado podía pisotear impunemente. al situar el origen de esa protección en la época de los reyes, la tradición no narraba un hecho: proclamaba que la apelación era tan antigua como roma misma.
fuera como fuese, tulo hostilio había demostrado lo que la espada podía conquistar. su sucesor descubriría que sostener una ciudad pide algo más que ejércitos: pide dinero, y construiría el primer gran monopolio comercial de roma.