el trono de roma no siempre se ganó con la espada. la primera dinastía de la ciudad la fundó un forastero riquísimo, llegado sin una sola gota de sangre real, y compró la corona con dinero, astucia y el primer gran discurso electoral de la historia romana.
hacia finales del siglo vii a.n.e., al morir anco marcio, el trono debía pasar, por costumbre, a sus hijos. pero en roma se había establecido años antes un forastero originario de etruria, la cultura más avanzada de la italia de entonces, maestra en ingeniería, urbanismo y comercio. el recién llegado cambió su nombre por el de lucio tarquinio prisco y se fijó una meta inaudita para un extranjero: reinar.
su estrategia fue de manual. se ganó la confianza del viejo rey con generosidad, hospitalidad y buen consejo, haciéndose imprescindible en la corte hasta acabar nombrado tutor de sus hijos. y cuando anco marcio murió, ejecutó su jugada maestra: con el pretexto de una cacería —relato que la tradición conservó pero los historiadores modernos consideran novelesco—, sacó de la ciudad a los herederos legítimos, bajó al foro y pronunció ante la asamblea un discurso en toda regla. argumentó sus méritos, exhibió riqueza y generosidad, y convenció al pueblo de que era la mejor opción. funcionó. tarquinio fue elegido quinto rey de roma no por nacimiento, sino por campaña.
bajó al foro y dio el primer gran discurso electoral de roma. no heredó la corona: la ganó convenciendo a la asamblea.
con los etruscos en el poder, roma se llenó de su cultura. buena parte de los símbolos que hoy reconocemos como romanos por antonomasia eran préstamos etruscos: la toga, derivada de la tebenna, está sólidamente documentada como herencia etrusca. otros, en cambio, conviene matizarlos. se suele decir que también los gladiadores llegaron de etruria, pero su origen está discutido: una corriente importante de la investigación moderna lo atribuye más bien a campania y al mundo osco, no a los etruscos, de modo que la atribución etrusca es tradición, no hecho probado. lo que sí impulsó tarquinio fue el espectáculo de masas: trazó el circo máximo en el valle entre el palatino y el aventino —con los primeros tablados de madera para senadores y caballeros— e institucionalizó los grandes juegos romanos con sus carreras de cuadrigas. allí nacía, en germen, el “pan y circo” que definiría la relación de roma con sus gobernantes.
pero su mayor legado estaba bajo tierra. el valle central de la futura ciudad era un pantano insalubre, inundado e inhabitable. aplicando la ingeniería hidráulica etrusca, tarquinio prisco emprendió el drenaje del valle mediante un sistema de canales abiertos —la obra que la tradición acabaría llamando cloaca maxima, en origen una canalización abierta, encauzada en piedra en época regia y solo abovedada y cubierta en su forma monumental siglos después—. al secar el terreno no solo saneó la ciudad: creó el espacio físico que se convertiría en el foro romano, el corazón cívico, político y comercial de roma durante el siguiente milenio.
tarquinio prisco inaugura, además, lo que la tradición presenta como una dinastía etrusca: con él y con sus sucesores, los dos últimos reyes de roma, la ciudad queda plenamente integrada en esa órbita. la historia moderna lee este periodo con sobriedad —descree de los relatos novelescos sobre la llegada del personaje—, pero coincide en lo esencial: durante los siglos sexto y quinto a.n.e. roma estuvo profundamente etruscanizada, integrada en una red de ciudades que compartían alfabeto, religión, técnica constructiva e insignias de poder. mucho de lo que más tarde se sentiría como genuinamente romano —los símbolos de la magistratura, el rito, la ingeniería urbana— se forjó en ese crisol etrusco.
el reinado de tarquinio marca, en suma, el momento en que roma se vuelve, materialmente, una ciudad: con monumentos, con cloacas, con un centro urbano definido. su figura encarna además una idea profundamente romana: la de que el origen extranjero no era un obstáculo insalvable para el poder, siempre que viniera acompañado de talento y de fortuna. gobernó durante décadas, pero la sangre que había desplazado no olvidó. los hijos del rey anterior, despojados de su herencia, sobornaron a dos pastores para vengarse: tarquinio cayó asesinado a hachazos tras una pelea fingida en el palacio. su muerte, sin embargo, no devolvió el trono a sus rivales: su astuta esposa lo retuvo en la familia mediante la sucesión más insólita de toda la monarquía romana, la del hombre que llegó al trono desde el origen más bajo posible.