la roma recién fundada tenía un problema que ninguna muralla podía resolver: estaba condenada a desaparecer en una sola generación. la ciudad que rómulo había levantado a mediados del siglo viii a.n.e. no era una ciudad propiamente dicha, sino un campamento de hombres.
su política de puertas abiertas a fugitivos y proscritos había llenado las colinas de pastores y de criminales, pero apenas de mujeres. y ninguna familia de las comunidades vecinas estaba dispuesta a entregar a sus hijas a semejante gentuza sin pasado ni honor. roma necesitaba esposas para tener una segunda generación, y nadie quería dárselas. fracasada la diplomacia, a rómulo le quedó el engaño.
no fue un rapto romántico: la palabra latina raptus designaba un secuestro, un acto de fuerza. fue política de estado a punta de espada.
la trampa fue cuidadosa. rómulo anunció unos grandes juegos festivos en honor del dios consus (los consualia, identificado más tarde con neptuno) y convocó a las poblaciones de los alrededores. acudieron en masa y, entre ellas, sobre todo los sabinos, un pueblo de las montañas que llegó confiado y con sus familias enteras. en el momento culminante de la fiesta, rómulo dio la señal. sus hombres desenvainaron, expulsaron por la fuerza a los varones sabinos y se quedaron con todas las mujeres jóvenes. la tradición lo bautizó como el rapto de las sabinas, pero conviene deshacer el equívoco que arrastra el nombre: la palabra latina raptus no aludía a un arrebato amoroso, sino a un secuestro, a un acto de fuerza. no fue un impulso, sino el cálculo en frío de una operación de estado para fabricar matrimonios y, con ellos, ciudadanos.
para suavizar el crimen, las crónicas hacen que rómulo vaya en persona a hablar con las cautivas, les prometió derechos civiles plenos y respeto como madres legítimas de hombres libres, no la condición de esclavas. la historia moderna lee todo el episodio como un mito etiológico: el relato con el que los romanos explicaban, a posteriori, cómo su comunidad había absorbido a los pueblos itálicos de su entorno. a veces la descripción tradicional habla de sinecismo, pero el término es impreciso aquí: el sinecismo propiamente dicho es la fusión voluntaria de varias comunidades en una sola ciudad, y lo que el mito narra es justo lo contrario, una asimilación impuesta por la violencia. la fusión real, pactada, vendría después.
porque la historia no terminó con el secuestro. tiempo después, los sabinos regresaron en armas, decididos a vengar la afrenta, y el choque amenazaba con ser una masacre. entonces, según el relato, llegó el giro que dio sentido a todo: las propias mujeres sabinas, que para entonces ya habían tenido hijos romanos, se lanzaron al campo de batalla, entre los dos ejércitos, suplicando a padres y maridos que no se mataran entre sí. la matanza se detuvo, y de aquella tregua nació la unión de ambos pueblos bajo un gobierno compartido.
esa fusión dejó huella hasta en la topografía que la tradición transmitió. el relato hacía reinar juntos, durante un tiempo, a rómulo y al rey sabino tito tacio, y situaba a los sabinos asentados en la colina del quirinal, frente al palatino romano: dos pueblos, dos colinas, un solo estado naciente. los historiadores modernos descartan los detalles novelescos, pero reconocen un fondo plausible: la roma primitiva sí pudo formarse por la confluencia de comunidades latinas y sabinas vecinas, y el componente sabino quedó inscrito en sus cultos y en sus instituciones más arcaicas.
el significado del mito está en esa conclusión. roma no se contaba a sí misma como una raza pura, sino como una mezcla: una ciudad capaz de devorar a sus enemigos e integrarlos hasta hacerlos parte de sí. esa vocación asimiladora —violenta primero, generosa con la ciudadanía después— sería uno de los motores reales de su expansión durante los siglos siguientes: roma crecería absorbiendo pueblos y concediéndoles, antes o después, la ciudadanía, una estrategia que ninguna otra potencia antigua practicó con semejante amplitud. no es casual que el episodio se convirtiera en uno de los temas predilectos del arte occidental, esculpido y pintado una y otra vez como imagen fundacional de la propia roma.
con la población asegurada, sin embargo, el peligro dejó de venir de fuera. rómulo había acumulado demasiado poder, y dentro de las propias murallas, bajo las togas del senado, empezaba a fraguarse algo mucho más oscuro.