a un solo político de la república romana le tuvieron tanto pánico que matarlo no fue suficiente. después de decapitarlo, le atravesaron la lengua con agujas. el arma que temían no era su espada, porque no tenía: era su voz. hoy se cumple el aniversario del nacimiento de marco tulio cicerón, en arpinvm, el 3 de enero del 106 a.n.e.
cicerón era lo que los romanos llamaban con cierto desprecio un homo novus, un “hombre nuevo”: no procedía de ninguna dinastía senatorial, no tenía antepasados que hubieran ostentado magistraturas, no heredó gloria militar ni clientelas. en una sociedad obsesionada con el linaje, eso lo dejaba prácticamente sin opciones. su única herramienta era la palabra. y con ella sola escaló hasta lo más alto, alcanzando el consulado en el 63 a.n.e., el cargo supremo del estado, sin haber ganado una batalla.
ese mismo año desarticuló la conjura de catilina, una conspiración para tomar roma por la fuerza, y lo hizo desde la tribuna: con cuatro discursos demoledores volcó al senado y a la opinión pública contra los golpistas. demostró algo incómodo para los hombres de armas: una frase bien construida, lanzada en el momento justo, podía derribar a un conspirador con más eficacia que una legión. el senado le concedió el título de pater patriae, padre de la patria —el primero en época histórica en recibirlo (siglos atrás la tradición solo se lo había dado a rómulo y a camilo, el “segundo fundador”)—. su prosa fijó el latín culto durante los dos mil años siguientes.
llegó a ser una de las voces políticas más temidas de roma sin mando militar, sin desenvainar una sola vez. esa era exactamente la amenaza.
pero roma no perdonaba la disidencia, y la oratoria que lo había encumbrado terminó por condenarlo. tras el asesinato de césar, cicerón cometió el error de creer que aún vivía en una república y lanzó contra marco antonio una serie de discursos feroces, las filípicas, llamándolo tirano y enemigo público. cuando antonio selló su alianza con octavio y lépido en el segundo triunvirato, en el 43 a.n.e., los tres confeccionaron listas de proscripción para eliminar a sus enemigos. el edicto que las publica declara un propósito militar —marchar contra los asesinos de césar al otro lado del mar— y niega por escrito perseguir a nadie por sus riquezas; pero el propio apiano, ya como narrador, escribe que se añadían nombres a la lista por su riqueza, porque los tres necesitaban dinero para la guerra. cicerón no encabezaba la lista: apiano, que copia el edicto entero, pone en cabeza a cuatro parientes de los propios triunviros —paulo, hermano de lépido, y lucio césar, tío de antonio, los dos primeros—. el trueque lo cuenta plutarco, y sólo él: octavio entregó a cicerón después de aguantar dos días y ceder al tercero; lépido entregó a su hermano paulo; antonio, a su tío lucio césar. de los tres nombres de aquel trato, el único que no sobrevivió fue cicerón.
la venganza fue calculadamente humillante. los sicarios lo alcanzaron huyendo cerca de su villa; según las fuentes, ofreció el cuello sin resistirse. le cortaron la cabeza y la mano derecha —la que había escrito las filípicas— y las enviaron a roma. la mano en singular es lo que dicen apiano, dión y el resumen de livio, y también plutarco en su vida de antonio; el plural, «las manos», lo dan la vida de cicerón del propio plutarco y el texto del propio livio. en roma, según casio dión (47.8) —que escribe dos siglos y medio después, y es el único historiador antiguo que lo cuenta: la palabra «lengua» no aparece ni una sola vez en el relato de la muerte que dan plutarco, apiano, veleyo y el resumen de livio—, fulvia, esposa de antonio, tomó la cabeza, le sacó la lengua y la atravesó una y otra vez con las horquillas de su pelo. luego clavaron los restos en los rostra, la tribuna del foro desde la que cicerón había hablado mil veces, para que toda la ciudad entendiera el precio de abrir la boca.
el mensaje era inequívoco: el que hable, acaba así. y sin embargo el cálculo se les torció. de antonio nos quedan sobre todo los insultos que cicerón le dedicó; de fulvia, esta escena macabra que la tradición hostil a antonio —amplificada por octavio y sus enemigos— transmitió, y que la historiografía moderna lee como propaganda póstuma más que como crónica fiable. de cicerón nos quedan los discursos, los tratados de filosofía y de retórica, las cartas que aún se estudian en las universidades. silenciaron al hombre con una eficacia brutal. dos milenios después, seguimos leyendo justo lo que quisieron callar.