el hombre con más poder sobre la faz de la tierra lo tenía absolutamente todo en la mano, y decidió soltarlo para irse a su finca a plantar coles. el 1 de mayo del 305 n.e., en una colina a las afueras de nicomedia, diocleciano se quitó la capa púrpura ante el ejército y se convirtió en el primer emperador romano que renunció al trono por voluntad propia.
para medir la rareza del gesto hay que entender de dónde venía roma. diocleciano había heredado un imperio al borde de la desintegración: la llamada crisis del siglo iii, medio siglo de caos en el que se sucedieron decenas de emperadores, casi todos asesinados, mientras las fronteras se hundían y la economía se desplomaba. que un soberano muriera en su cama era ya una rareza. diocleciano, un militar de origen humilde de la actual croacia, sacó al estado de aquel abismo a base de reformas brutales.
su programa fue una refundación. abolió la vieja ficción augústea de que el emperador era un ciudadano más, un princeps, “el primero” del estado, e instauró el dominado: un régimen sacralizado en el que había que arrodillarse y besar el borde de su manto. multiplicó el ejército y la burocracia, reorganizó las provincias e intentó frenar la inflación con un edicto de precios máximos que fracasó estrepitosamente. y, sobre todo, su reinado cargó con la última y, en oriente, la más sistemática persecución contra los cristianos, la “gran persecución”, que su memoria oficial nunca recuerda y que el cristiano lactancio se encargó de no dejar caer en el olvido.
si pudieran ver las hortalizas que cultivo con mis manos, jamás me pedirían volver a ese infierno.
su jugada más original fue repartir el poder en lugar de acumularlo. consciente de que un solo hombre no podía defender a la vez el rin, el danubio y oriente, diseñó la tetrarquía: dos emperadores principales, los augusti, y dos subalternos y herederos, los caesares, gobernando cada cuadrante del imperio. era un sistema pensado para garantizar sucesiones ordenadas por mérito y no por sangre, y para que el poder no quedara expuesto al colapso de un solo hombre.
y entonces hizo lo impensable: el 1 de mayo del 305 persuadió a un maximiano reticente —comprometido bajo juramento en el templo de júpiter— para abdicar junto a él, y se retiró a su gigantesco palacio fortificado de spalato, la actual split. la versión de que medió coacción procede de lactancio, hostil a la tetrarquía, y es discutida. años después, cuando la tetrarquía empezó a desangrarse en guerras civiles porque los herederos se negaban a respetar el reparto, le rogaron que volviera a tomar el timón. su respuesta, recogida por la tradición, es una de las frases más célebres de la antigüedad: que si vieran las verduras que cultivaba con sus propias manos, no le pedirían semejante cosa.
la historia, eso sí, le dio la razón solo a medias. su sistema le sobrevivió apenas un puñado de años: la tetrarquía colapsó casi de inmediato y de aquellas guerras emergería un único vencedor, constantino, que volvería al poder hereditario y desmontaría buena parte de su obra. pero diocleciano había logrado algo que ninguno de sus predecesores de aquel siglo terrible: parar la sangría, reconstruir el estado y, sobre todo, sobrevivir a su propio poder absoluto. murió tranquilo en su huerto, viendo cómo el mundo que había salvado se despedazaba sin él.