el hombre que convirtió al imperio romano al cristianismo se hizo bautizar cuando ya no podía levantarse de la cama. no fue descuido ni humildad tardía: fue cálculo. constantino el grande llevaba toda la vida aplazando el sacramento, y eligió recibirlo en el último aliento, en una villa a las afueras de nicomedia, el 22 de mayo del 337 n.e.
para entender la maniobra hay que entender la teología del momento. en el siglo iv, buena parte de los cristianos creía que el bautismo borraba de un golpe todos los pecados cometidos hasta ese instante, pero que las faltas posteriores ya pesaban sobre el alma sin aquel gran perdón. la consecuencia era perversa: cuanto más tarde te bautizaras, menos margen tendrías para volver a pecar antes de morir. para muchos poderosos, posponerlo hasta la agonía era la estrategia espiritual más eficaz. constantino la llevó al extremo.
y tenía mucho que lavar. en el año 326 había ordenado matar a crispo, su hijo mayor y general brillante, sin que las fuentes lleguen a explicar del todo el motivo: quizá una acusación de la corte, quizá una conspiración, quizá un escándalo doméstico. pocas semanas después moría también fausta, su esposa, en circunstancias turbias que la tradición describe como una muerte por asfixia en un baño caldeado hasta el punto de asfixia. el emperador que apadrinaba la nueva fe había matado a su primogénito y a su mujer en cuestión de meses.
había eliminado a toda amenaza terrenal. en el lecho de muerte, fue a por la absolución celestial.
porque constantino nunca fue un converso ingenuo. construyó su poder leyendo el tablero con la frialdad del estratega. apostó por el cristianismo cuando aún era una minoría perseguida pero férreamente organizada; lo legalizó, lo colmó de privilegios, presidió en persona el concilio de nicea en el 325 para imponerle un dogma único, y levantó una capital nueva a su medida en el bósforo. cada movimiento consolidaba su monopolio del poder. el bautismo final encaja en la misma lógica: un último cálculo, ejecutado en el momento de máximo provecho.
conviene, aun así, no comprar entera la versión cínica. el bautismo en el lecho de muerte era práctica corriente en la época, no una astucia exclusiva suya: muchos cristianos sinceros hacían exactamente lo mismo por la misma teología. y las fuentes tiran cada una para su lado. eusebio de cesarea, su biógrafo, firma una hagiografía que lo dibuja como un santo guiado por la providencia; el pagano zósimo sostiene lo contrario, que constantino abrazó el cristianismo precisamente porque ninguna religión tradicional le ofrecía perdón por matar a los suyos. las dos versiones son interesadas. la verdad histórica vive en la incomodidad del término medio: un hombre devoto y calculador a la vez, sin que una cosa anule la otra.
lo bautizó eusebio de nicomedia, obispo de la facción arriana que el propio concilio convocado por constantino había condenado en nicea, y el emperador murió vestido de blanco, despojado de la púrpura. había ordenado la muerte de los suyos, desplazado el centro del imperio hacia oriente y cambiado la religión de europa para los mil años siguientes. y se marchó de este mundo, según el plan, sin una sola mancha en el expediente.