el soldado más temido de la primera república romana amó a su ciudad —o eso creía— hasta el extremo de estar a un paso de borrarla del mapa al frente de un ejército enemigo. la historia de cneo marcio, apodado coriolano, es la de un héroe convertido en traidor por su propio orgullo, y uno de los grandes relatos morales que roma se contó a sí misma.
el episodio se sitúa hacia el año 491 a.n.e., en los años revueltos que siguieron a la primera secesión de la plebe. marcio era un aristócrata militar de la vieja escuela, un guerrero brillante que, según la tradición, se ganó el sobrenombre de “coriolano” por su valor en la toma de la ciudad volsca de corioli. en la guerra era un arma formidable; en la paz, un peligro: extremista de clase, despreciaba sin disimulo los derechos que la plebe acababa de arrancar y veía en el tribunado una claudicación intolerable de la autoridad patricia.
cuando el hambre golpeó la ciudad, propuso dejar morir a los pobres si no renunciaban a sus derechos políticos.
la ocasión de su caída llegó con una hambruna. con el grano escaso y el pueblo desesperado, coriolano propuso en el senado usar el reparto de comida como arma: que no se diera trigo a la plebe mientras no devolviera lo conquistado, empezando por el tribunado. era el chantaje del estómago contra el derecho. la reacción no se hizo esperar: los tribunos lo llevaron a juicio y el pueblo forzó su destierro. humillado, expulsado de la ciudad por la que había sangrado, coriolano juró venganza.
y la cumplió de la forma más amarga posible. cruzó la frontera y se plantó ante los volscos, los mayores enemigos de roma, los mismos a los que había combatido. lo acogieron como general, y su odio se volvió estrategia: condujo al ejército volsco arrasando una a una las defensas romanas hasta plantar el campamento a las puertas de la capital. el senado, que poco antes lo había desterrado, conoció el pánico de ver a su mejor soldado a punto de prender fuego a su propia ciudad. las embajadas fracasaron; los sacerdotes fracasaron. roma se quedó sin cartas que jugar.
la salvación, según el relato, no vino de las armas, sino de la familia. desesperados, los romanos enviaron al campamento enemigo a la madre de coriolano, acompañada de su esposa y sus hijos. ella no suplicó: le reprochó en qué clase de hombre se había convertido y le advirtió que, para entrar en roma, antes tendría que pasar sobre el cuerpo de su propia madre. roto por esa presión, coriolano retiró a las tropas volscas. salvó así a roma, según la tradición, al precio de su propia perdición a manos de los aliados que había defraudado.
aquí toca una nota de rigor que imponen las propias fuentes. tito livio llama a esa madre veturia y reserva el nombre de volumnia para la esposa; plutarco, en cambio —la otra biografía clásica del personaje—, invierte los nombres y llama volumnia a la madre y vergilia a la esposa. quien acuda a una u otra fuente encontrará, pues, nombres distintos para la misma escena; aquí seguimos a livio, pero la divergencia es real y conviene conocerla. y hay una cautela mayor: los historiadores modernos tienen el episodio por legendario en gran medida. ven en él una construcción ejemplar más que una crónica fiable, levantada para encarnar a la vez el peligro del orgullo aristocrático y la fuerza del deber familiar sobre el rencor político.
como leyenda, su fuerza fue enorme. la figura del héroe que se vuelve contra su patria y solo se frena ante su madre fascinó durante siglos y llegaría hasta el teatro de shakespeare, que hizo de coriolano el espejo trágico del orgullo incapaz de doblegarse ante el pueblo. su historia condensa una advertencia que roma quiso recordar: que el mayor talento militar, sin templanza política, puede volverse el peor enemigo del estado al que sirve. mientras tanto, dentro de las murallas que coriolano no logró cruzar, la aristocracia afilaba un arma muy distinta y mucho más sutil: un instrumento religioso capaz de anular cualquier ley incómoda con solo mirar al cielo.