“estad unidos, llenad de oro a los soldados y despreciad a todo lo demás.” esas fueron, según las fuentes, las últimas órdenes de un emperador romano a sus dos hijos. no un consejo sentimental ni una bendición paterna: un breviario de supervivencia en tres líneas, frío y exacto, dictado por un hombre que sabía que se moría y que conocía perfectamente el animal que dejaba suelto.
el hombre era septimio severo, y murió el 4 de febrero del año 211 n.e. en eboracvm —la actual york—, al norte de britania, agotado por la enfermedad y por una campaña durísima contra las tribus de caledonia. severo había llegado al trono dieciocho años antes ganando una guerra civil, era de origen africano, nacido en leptis magna, y había gobernado como lo que era: un militar pragmático que despreciaba las formas y se apoyaba sin disimulo en el ejército. enfermo y consciente del final, mandó que le trajeran la urna donde guardarían sus cenizas, la sostuvo y le dijo, según la tradición: “contendrás a un hombre que el mundo no pudo contener”.
el problema no era morir, sino lo que dejaba atrás. el imperio iba a recaer en sus dos hijos, caracalla y geta, nombrados coemperadores. y los dos hermanos se odiaban con un rencor profundo y público: habían crecido enfrentados, competían por todo, y la corte entera estaba dividida en dos bandos. severo sabía que aquella herencia compartida era un polvorín, y su testamento fue un último intento desesperado de apagar la mecha.
les entregó la llave de roma en una sola frase: comprad al ejército y olvidaos del resto. uno de los dos solo retuvo la primera mitad.
las tres órdenes eran un retrato descarnado de cómo funcionaba realmente el poder imperial. la primera, “estad unidos”, apelaba a lo único capaz de evitar otra guerra civil entre los herederos. la segunda, “enriqueced a los soldados”, dejaba al desnudo el cinismo del régimen: severo había entendido que el trono no se sostenía sobre el senado ni sobre el pueblo, sino sobre las legiones, y que un emperador con el ejército bien pagado era prácticamente intocable. la tercera, “despreciad a todo lo demás”, remataba la lección: el senado, la plebe, la opinión pública, todo era prescindible mientras los soldados cobraran a tiempo.
caracalla asimiló a la perfección la parte del dinero y descartó por completo la del amor fraternal. ese mismo año, apenas unos meses después de la muerte del padre, hizo matar a geta. la tradición cuenta que su hermano murió en los brazos de su madre, julia domna, atravesado por los hombres de caracalla mientras buscaba refugio en ella. después, caracalla ordenó la damnatio memoriae de geta: borraron su nombre de las inscripciones, picaron su rostro de los retratos, intentaron eliminarlo de la historia.
caracalla, fiel a la segunda orden, subió aún más la paga de las tropas para asegurarse su lealtad tras el fratricidio. duró seis años en el poder hasta que lo asesinaron —cómo no— sus propias tropas. el testamento de severo resultó una profecía con un solo error: confió en que la sangre uniría a sus hijos. la ambición dinástica no admite socios, ni siquiera hermanos.