pintura de alma-tadema: invitados sepultados bajo una lluvia de pétalos de rosa en un banquete imperial
lawrence alma-tadema · dominio público
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el emperador niño que escandalizó a roma

m. avrelivs antoninvs (elagabalvs)

publicado

el 8 de junio del 218 una batalla a las puertas de antioquía entregó el imperio a un sacerdote sirio de catorce años. roma esperaba un títere manipulable y recibió un dios extranjero encerrado en una piedra negra.

el dueño del mundo más poderoso de su tiempo no llegó al trono por mérito, ni por sangre patricia, ni siquiera por edad: llegó porque su abuela compró a una legión. el 8 de junio del año 218, en una llanura cercana a antioquía, las tropas leales a la familia severa deshicieron al emperador macrino, y la corona no recayó en un veterano de canas sino en un niño de catorce años que era, además, sacerdote de un dios sirio que roma no conocía.

su nombre de nacimiento era vario avito basiano, pero pasaría a la historia como elagabalvs —heliogábalo en su forma castellanizada—, no por sí mismo sino por su dios. la familia de su madre, los emesenos, ostentaba el sacerdocio hereditario de elah-gabal, “el dios de la montaña”, venerado en la ciudad siria de emesa. al subir al trono el muchacho adoptó el nombre imperial de marcvs avrelivs antoninvs: el mismo que había llevado caracalla, para reclamarse hijo suyo y atarse a la legitimidad de la dinastía. la maquinaria política, sin embargo, no era suya. la urdió su abuela, julia mesa —hermana de julia domna, la esposa de septimio severo—, que financió de su propio bolsillo la rebelión y empujó a la legión iii gallica a proclamarlo. en el propio campo de antioquía no mandaba el niño: lo hacía gannys, su preceptor, mientras su madre y su abuela cabalgaban entre las filas para frenar la desbandada cuando los pretorianos de macrino estuvieron a punto de romper la línea.

la aristocracia occidental esperaba lo de siempre: un cónsul joven, dúctil, manejable. lo que llegó fue otra cosa. heliogábalo no dejó su sacerdocio en oriente para gobernar en roma; trajo a roma su sacerdocio. llegó con el betilo de emesa a cuestas, una enorme piedra cónica de un negro mate, de probable origen meteórico, que él adoraba como la encarnación misma de su dios. herodiano la describe con desconcierto: una roca venerada “como caída del cielo”, con unos relieves y protuberancias en los que los fieles querían ver, decían, un retrato tosco del sol. el emperador la hizo desfilar por la capital en un carro tirado por seis caballos blancos mientras él caminaba hacia atrás, sin perderla de vista, y acuñó monedas con esa misma piedra montada sobre la cuadriga. no era un capricho: era teología de estado.

el verdadero choque no fue una piedra exótica más —roma ya había importado meteoritos sagrados antes, como el de cibeles— sino lo que vino después. hacia el año 220, ya instalado en roma, heliogábalo dio el paso que ninguna divinidad oriental se había atrevido a dar: declaró a su elagabal dios supremo del imperio, por encima de júpiter capitolino. levantó un templo descomunal en el palatino, el elagabalium, para alojar la piedra, y trasladó allí las reliquias más sagradas de roma. obligó a los senadores a asistir a ritos según la tradición de su dios emeseno. y se casó con una virgen vestal, aquilia severa, un acto que para cualquier romano equivalía a un sacrilegio capital. el mos maiorum, la costumbre de los antepasados sobre la que se sostenía la identidad entera de la ciudad, quedó alterado por un adolescente formado en tradiciones sirias.

roma había vencido a un usurpador para descubrir que el premio era un dios extranjero sentado sobre el palatino.

ahora el matiz historiográfico, que conviene no saltarse, porque casi todo lo que “sabemos” de heliogábalo es sospechoso. las historias más célebres —que prostituía la dignidad imperial, que se vendía en burdeles del palacio, que quiso nombrar aurigas y bailarines para las magistraturas, que ahogó a invitados bajo toneladas de pétalos— proceden sobre todo de dión casio, un senador contemporáneo que escribió hostil al régimen y bajo el reinado del primo que lo sustituyó. no fue exactamente “propaganda pagada por el senado”, como simplifica la divulgación: fue algo más sutil y más eficaz, el ajuste de cuentas de una élite humillada que tenía todo el interés en blanquear el golpe que lo derribó. historiadores como martijn icks o mary beard tratan ese material con pinzas: probablemente sea, en buena parte, difamación retrospectiva. lo que de verdad ofendió a roma no fue la alcoba del emperador sino su religión —y eso sí está documentado en las monedas y en las piedras.

el final lo confirma. el imperio no se tambaleaba por las excentricidades de un chiquillo, sino por la inestabilidad militar que había instalado en el trono a cualquiera capaz de pagar a una legión. y quien advirtió el peligro fue, otra vez, julia mesa: la misma abuela que lo había fabricado se dio cuenta de que el fanatismo del nieto alienaba a la guardia pretoriana y ponía en riesgo a toda la familia. su solución fue fría y dinástica: maniobró para elevar al otro nieto, el futuro severo alejandro, y dejó que la guardia hiciera el resto. el 11 de marzo del 222, los pretorianos asesinaron a heliogábalo junto a su madre, arrastraron sus cuerpos por las calles e intentaron arrojarlos a una cloaca. tenía dieciocho años. el inmenso imperio que las legiones de siria le habían entregado se lo arrebató su propia guardia apenas cuatro años después, y la piedra negra fue devuelta sin ceremonia a emesa, de donde nunca debió salir.

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fontes classicae.

  1. i. dión casio · historia romana libro lxxx
  2. ii. herodiano · historia del imperio romano libro v

bibliografía moderna.

  1. i. mary beard · spqr. a history of ancient rome
  2. ii. martijn icks · the crimes of elagabalus
dídac
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dídac

ingeniero de software, divulgador histórico. escribe sobre historia política antigua y la rabia que le produce su propio siglo. construye en internet una encyclopædia romana — y unas habitaciones más.