los eruditos romanos presumían de encarnar la civilización más refinada del mediterráneo, hasta que se veía a sus sacerdotisas más sagradas arrojar cuerpos de paja desde un puente al río. cada 15 de mayo, las vírgenes vestales ejecutaban la inquietante ceremonia de los argei, y debajo de aquel teatro de juncos asomaba un pasado mucho más oscuro.
el rito tenía dos tiempos. a mediados de marzo se fabricaban y distribuían por la ciudad una treintena de figuras de junco trenzado, los argei (las fuentes oscilan entre veintisiete y treinta), repartidas en pequeñas capillas a lo largo de los barrios de la roma arcaica. dos meses después, el 15 de mayo, llegaba el desenlace: una procesión solemne, encabezada por los pontífices y las vestales, recorría la ciudad recogiendo los muñecos y los llevaba hasta el pons sublicius, el puente de madera más antiguo de roma sobre el tíber. la fecha, eso sí, se atestigua de forma dispar: ovidio (fasti v) sitúa el arrojamiento el 14 de mayo y dionisio de halicarnaso en los idus, el 15.
allí, ante la mirada del colegio sacerdotal y presidida por el pontifex maximus, las vestales empujaban una a una las efigies al vacío y las veían ser tragadas por la corriente. los muñecos no eran formas vagas: la tradición los describe modelados con proporciones humanas y atados de pies y manos, como prisioneros maniatados arrojados a morir. el número, que la tradición suele cifrar en treinta, parecía remitir a las antiguas curias en que se dividía el pueblo romano, como si la ciudad entera se purgara río abajo. la imagen era deliberadamente perturbadora, y los propios romanos lo sabían.
pagaban su cuota de supervivencia a los viejos dioses con un mero simulacro vegetal.
porque ni los romanos entendían del todo qué estaban haciendo. ovidio, que dedica al rito unos versos en los fasti, confiesa que existían varias explicaciones contradictorias y desconfía de la más escalofriante, que sin embargo transmiten autores como varrón y dionisio de halicarnaso: que antiguamente, antes de desarrollar su complejo derecho civil, las tribus itálicas aplacaban a los dioses y conjuraban los desastres entregando como tributo a personas de carne y hueso, lanzadas al río. los muñecos de junco serían la huella domesticada de aquel sacrificio humano: cuando la sensibilidad romana hizo intolerable el derramamiento de sangre, pero el miedo a las represalias divinas seguía intacto, resolvieron la tensión sustituyendo, a los viejos dioses, las víctimas humanas por simulacros de paja.
aquí hace falta cautela historiográfica. esa es la interpretación de los propios antiguos, no necesariamente la realidad de los hechos: los romanos tenían querencia por explicar sus ritos más extraños inventándoles un origen sangriento y heroico. los estudios modernos discuten otras posibilidades, desde ritos de purificación de la ciudad hasta ofrendas sustitutorias a las divinidades fluviales, y reconocen que el verdadero sentido original de los argei se perdió hace milenios. lo honesto es decir que no lo sabemos: tenemos un rito macabro y varias hipótesis, una de ellas atribuida a los propios romanos.
lo que sí queda claro es la incomodidad que el propio rito generaba en quienes lo practicaban. roma se contaba a sí misma como la cultura que había dejado atrás la barbarie, que condenaba el sacrificio humano de cartagineses y galos como prueba de su superioridad moral, y que en el 97 a.n.e. llegó a prohibirlo por decreto del senado. y sin embargo, una vez al año, sus vestales arrojaban al tíber treinta cuerpos atados, repitiendo un gesto cuyo significado original sospechaban demasiado bien como para mirarlo de frente. quizá esa sea la lección más romana de los argei: que ninguna civilización se desprende del todo de sus propios fantasmas, y que a veces basta con disfrazarlos de paja para poder seguir mirándose al espejo.