en la antigua roma existía un día de fiesta oficial dedicado a una diosa de la que ya nadie recordaba absolutamente nada.
ocurría un día como hoy, cada 25 de julio. roma detenía parte de su actividad para celebrar las furrinalias, la fiesta pública de la diosa furrina — una de las feriae publicae, las fiestas fijas del calendario oficial del estado. y no era un culto menor de barrio: tenía bosque sagrado propio en la colina del janículo, al otro lado del tíber, y hasta un sacerdote dedicado en exclusiva —un flamen menor, uno de los doce que, junto a los tres flámines mayores, atendían a las divinidades más antiguas y oscuras de la ciudad—. el problema es que, ya en la última república, casi nadie sabía quién era furrina ni qué había que agradecerle.
lo sabemos por un testigo de lujo. el erudito varrón, en su tratado sobre la lengua latina, dejó anotado que en su época apenas un puñado de personas sabía siquiera pronunciar el nombre de la diosa, y que nadie recordaba ya de qué era diosa. y sin embargo —añadía— en tiempos antiguos su honor había sido grande: por algo se le habían asignado ritos anuales y un sacerdote propio. unos la creían una deidad de las aguas, por la fuente que brotaba en su bosque; otros, del inframundo. su verdadera naturaleza se había borrado de la memoria de la propia roma.
roma prefería pagar el culto de un nombre vacío antes que arriesgarse a ofender, por descuido, a un dios olvidado.
esa niebla dejó una huella siniestra. algunas fuentes antiguas llegaron a llamar a su bosque «el soto de las furias», confundiendo a furrina con las diosas de la venganza por el parecido del nombre. y fue justo ahí, en ese rincón del janículo, donde en el año 121 antes de nuestra era terminó una de las historias más amargas de la república: cayo graco, acorralado tras la matanza de sus partidarios, cruzó el tíber con sus enemigos pisándole los talones —plutarco cuenta que sus dos últimos amigos se quedaron atrás, en el puente, vendiendo la vida para ganarle unos metros— y ordenó a un esclavo de confianza que acabara con él. la diosa que nadie recordaba dio nombre al lugar donde murió el último de los gracos.
el matiz historiográfico aquí es casi un juego de espejos: la principal fuente sobre furrina es, precisamente, una confesión de ignorancia. lo poco que los modernos —de wissowa en adelante— logran reconstruir apunta a una deidad arcaica, seguramente ligada al agua de su fuente; lo del «soto de las furias» es etimología popular, no teología. de casi ningún dios romano sabemos tan poco; de casi ninguno sabemos, en cambio, con tanta precisión cuánto se había olvidado ya en la antigüedad.
y aun así la fiesta siguió celebrándose, año tras año, pagada por el estado. en una ciudad gobernada por el rito, más valía honrar a un fantasma que provocarlo. dos mil años después, el olvido ha cerrado el círculo: lo único que casi todo el mundo recuerda de furrina es que ya los romanos no la recordaban.