en el mundo de hoy se llega a la mayoría de edad el día del cumpleaños, casi sin advertirlo. en la antigua roma perdías la infancia de golpe, en una fecha fija del calendario nacional, en una ceremonia cargada de estatus, religión y deber militar. ese día era el 17 de marzo, la liberalia, y al final de la jornada el niño había desaparecido para siempre.
la liberalia estaba dedicada a líber, una antigua divinidad itálica de la fertilidad y el vino —miembro junto a ceres y libera de la triada aventina— que los romanos terminarían identificando con baco. la fiesta tenía su lado popular —ancianas coronadas de hiedra vendiendo por las calles tortas de aceite y miel que freían al momento—, pero su pieza central, la que marcaba a una familia, era el rito de paso de los varones jóvenes a la ciudadanía plena. conviene matizar, además, que el 17 de marzo, fiesta de líber, era la fecha más popular para tomar la toga —aunque otras también valían—, y que la propia vinculación entre el festival y el rito es una correlación que la historiografía da por probable, no por segura.
el muchacho empezaba despojándose de la bulla, el amuleto que había colgado de su cuello desde recién nacido para protegerlo del mal de ojo. la consagraba a los lares familiares, los dioses tutelares del hogar, asumiendo que ya no necesitaba magia infantil para sobrevivir. acto seguido se quitaba la toga de bordes púrpuras de la niñez, la toga praetexta, y se envolvía por primera vez en la toga virilis, de un blanco liso e inmaculado: el pesado uniforme del ciudadano de pleno derecho. después, el clan entero lo escoltaba al foro para inscribir su nombre en los registros del estado y en una tribu.
con la toga blanca llegaban todos los derechos del ciudadano. y, en el mismo paquete, la obligación de morir por roma.
conviene corregir un par de tópicos que se repiten. primero, la edad: no había un número fijo. la divulgación suele decir “quince años”, pero las fuentes muestran que la ceremonia se hacía entre los catorce y los diecisiete, y que la decidía el padre o tutor según la madurez del chico, no una ley uniforme. segundo, no era un privilegio exclusivo de los patricios: cualquier varón nacido libre con derecho de ciudadanía pasaba por este rito. lo que variaba según el linaje era el boato del séquito, no el acto.
el día era, sin duda, el más orgulloso en la vida de un joven y de su familia. cicerón, en sus cartas, sigue con evidente emoción de padre los preparativos de la toga viril de su hijo. era la entrada oficial al mundo de los hombres, con el derecho a votar, a contratar, a heredar, a actuar en los tribunales. todo el peso jurídico de roma se le venía encima de golpe, envuelto en lana blanca.
pero ese mismo paquete legal traía una cláusula que nadie celebraba en voz alta. con la toga blanca puesta, el joven era ciudadano de pleno derecho; a partir de los diecisiete años, y si cumplía el censo de propiedad, entraba en los iuniores sujetos a la leva (dilectus): quedaba disponible para ser reclutado y enviado a las legiones, a guarnecer y a morir en las fronteras de roma. el día en que el niño romano se hacía hombre era, exactamente, el día en que el estado lo inscribía como combatiente disponible. la mayoría de edad y la leva, en la misma ceremonia.