roma no fue fundada por los romanos. o, por lo menos, esa no era la historia que los romanos querían contar de sí mismos. el imperio más poderoso de la antigüedad levantó toda su mitología fundacional sobre una genealogía importada: una que no lo emparentaba con las tribus de italia, sino con la ciudad más célebre del mundo griego, troya.
si pudiéramos viajar al siglo i a.n.e. y preguntarle a un ciudadano cualquiera de dónde venía su pueblo, no nos hablaría de pastores del lacio. nos diría que descendía de eneas, el príncipe troyano que, tras ver su ciudad arrasada por los griegos, se cargó a su anciano padre a la espalda y huyó por el mediterráneo hasta desembarcar en la península itálica.
la pregunta incómoda es por qué una potencia en pleno ascenso quiso reclamar como abuelos a los perdedores de una guerra. la respuesta es el prestigio. durante siglos, el mundo que rodeaba a roma habló y pensó en griego: la filosofía, la épica, el teatro, la escultura, todo el canon de lo que entonces se entendía por civilización venía del este. frente a esa herencia abrumadora, los primeros romanos pasaban por rústicos sin pasado heroico. conviene matizar la idea de que roma “odiaba” a grecia: la actitud dominante de la élite no era el desprecio, sino la admiración mezclada con rivalidad —la helenofilia que horacio resumiría en aquel graecia capta ferum victorem cepit, “la grecia conquistada conquistó a su fiero vencedor”, con voces hostiles minoritarias como la de catón el viejo—. en ese marco, adoptar a eneas era una jugada maestra. permitía a roma engancharse a la epopeya más famosa de la antigüedad y ponerse a la altura del prestigio griego, pero entrando por una puerta lateral: la de troya, la enemiga histórica de los griegos.
augusto no solo conquistó el futuro de roma: reescribió su pasado para volverse intocable.
las crónicas tejieron así un linaje entero, pero la historia moderna no encuentra ni una sola prueba arqueológica de asentamientos troyanos en la italia central. el mito de eneas no es memoria: es construcción. y una construcción muy anterior a augusto: la leyenda troyana ya circulaba entre los griegos desde el siglo v a.n.e. y arraigó en roma con los primeros analistas, nevio y fabio píctor; la propia gens iulia reclamaba su ascendencia divina de venus mucho antes, cuando julio césar la proclamó en la laudatio fúnebre de su tía julia (suetonio, iulio 6) en el 68 a.n.e. augusto no la inventó: la heredó y le dio un momento de aceleración política muy concreto. tras décadas de guerras civiles, octaviano salió vencedor y se convirtió en augusto, el primer emperador en todo salvo en el nombre. para sostenerse necesitaba algo más que legiones: necesitaba que su poder pareciera escrito en el orden mismo de las cosas.
la herramienta fue la literatura. bajo el mecenazgo de augusto —canalizado a través de su consejero mecenas, en cuyo círculo virgilio ya era un poeta consagrado— nació la eneida. los filólogos debaten si hubo un encargo directo y literal del emperador; lo seguro es que el poema floreció al amparo de ese patronazgo y sirvió a sus fines. virgilio consolidó que eneas era hijo de la diosa venus. y como la familia de augusto, la gens iulia, decía descender de eneas a través de su hijo iulo, la cadena se cerraba sola: si el antepasado era hijo de una diosa, el poder del emperador no era una usurpación, sino un mandato divino heredado.
la operación tiene una ambición que da vértigo. augusto no se conformó con dominar su presente: reinterpretó el origen de roma para inscribir en él a su propia dinastía. estableció que el linaje troyano había sobrevivido en italia siglo tras siglo, atravesando reyes y repúblicas, hasta desembocar exactamente en él. la mentira, si queremos llamarla así, era menos una falsificación grosera que una ficción de estado bien tramada: un relato tan bien hecho que durante dos mil años europa lo leyó como historia.
ese es el verdadero legado de eneas. no fundó roma —ningún troyano la fundó—, pero fundó la idea que roma tuvo de sí misma: la de un pueblo destinado por los dioses, heredero de un mundo más antiguo y más noble. de esa raíz mítica brotaría enseguida la siguiente capa de la leyenda, mucho más sórdida y mucho más romana: la de dos gemelos abandonados en el tíber, condenados a morir, de cuya sangre nacería la ciudad.