la religión de la república romana no consolaba: negociaba. era un sistema de pactos exactos con lo divino, donde a cambio de la victoria los dioses podían exigir el precio más alto posible: la vida del propio jefe del estado. en el verano del 340 a.n.e., al pie del vesubio, uno de los dos cónsules de roma decidió pagarlo. no por desesperación ciega, sino siguiendo un ritual con nombre, fórmula y sacerdote: la devotio.
el escenario era la guerra latina. las ciudades del lacio, antiguas aliadas, se habían vuelto contra roma exigiendo igualdad política, y roma marchó a sofocarlas con sus nuevos aliados samnitas. los dos cónsules de aquel año eran tito manlio torcuato y publio decio mus, este último un homo novus plebeyo, de una familia sin antepasados ilustres. tito livio cuenta que, en la campaña, ambos generales tuvieron en sueños la misma visión: el bando cuyo comandante se ofreciera a sí mismo y al ejército enemigo a los dioses de la muerte obtendría la victoria. consultados los arúspices, los cónsules pactaron entre ellos que se sacrificaría el primero cuya ala empezara a ceder.
cuando los ejércitos chocaron en las inmediaciones del vesubio, en el lugar que las fuentes llaman veseris, el ala izquierda de decio fue la que flaqueó. fiel al pacto, el cónsul llamó al pontífice máximo, marco valerio, para que le dictara las palabras y los gestos. y livio nos transmite el ritual completo, que es lo que da a este episodio su escalofrío de antigüedad: decio se cubrió la cabeza con la toga, se mantuvo en pie sobre una lanza y repitió, frase a frase, una fórmula arcaica que entregaba su persona y a las legiones enemigas a los di manes y a tellus, la madre tierra. luego montó a caballo, espoleó y se lanzó él solo contra el centro del enemigo.
el objetivo no era vencer en el duelo, sino caer arrastrando consigo a los dioses de la muerte sobre las filas contrarias.
la lógica del rito era precisamente esa. el cónsul «devoto» no buscaba sobrevivir: buscaba morir, porque su muerte sellaba el contrato. al caer, descargaba la ira divina, que dejaba de pesar sobre roma para abatirse sobre los latinos. mary beard, john north y simon price, en religions of rome, leen la devotio como la forma más extrema del voto romano, ese «doy para que des» que vertebraba toda la relación con lo sagrado: aquí lo que se entregaba no era un buey ni una porción de botín, sino el general en persona. los romanos, según el relato, vieron caer a su comandante y combatieron con una furia que livio describe como sobrehumana; rotos por ese empuje y por el plan táctico de manlio, los latinos terminaron deshechos.
aquella campaña pasó a la memoria romana como un compendio de severidad religiosa y militar. el otro cónsul, manlio torcuato, hizo ejecutar a su propio hijo por haber aceptado un duelo contra órdenes, fundando el proverbio de la implacable «disciplina manliana». y decio quedó como el modelo del magistrado que entrega lo que un ciudadano puede entregar de más valioso. los devoti de su estirpe se convirtieron en emblema de una virtud cívica que mezclaba patriotismo y terror sagrado a partes iguales.
ahora el matiz historiográfico, que aquí conviene no saltarse. la escena es magnífica, pero descansa casi por entero en tito livio, que escribió más de tres siglos después sobre una época de la que roma apenas conservaba archivos. y hay un problema mayor: la tradición cuenta que el hijo de este decio, cónsul en el 295 a.n.e., realizó una devotio idéntica en la batalla de sentino, y que aún un tercer decio lo intentó frente a pirro en ásculo. tres generaciones repitiendo punto por punto el mismo gesto extraordinario es demasiada simetría para no levantar sospechas. gary forsythe, en a critical history of early rome, considera directamente que la devotio del padre en el 340 es un «doblete» inventado, modelado sobre la del hijo —el episodio mejor atestiguado— para dotar a la gens decia de un héroe fundacional. conviene, pues, separar dos cosas: que el ritual de la devotio existió como institución religiosa es seguro; que este cónsul concreto lo ejecutara en este campo concreto es tradición, no dato.
quede o no enterrado el verdadero decio bajo el vesubio, el episodio dice algo cierto sobre roma: que su poder no se sostenía solo en la espada, sino en la convicción de que los dioses cobraban en sangre y de que un líder debía estar dispuesto a ser él la moneda. esa fe en el contrato fatal volvería a invocarse —real o legendaria— una generación más tarde, cuando otro decio mus se cubriera la cabeza en la llanura de sentino para frenar a la mayor coalición que jamás se había alzado contra roma.


