fresco lucano de paestum: un guerrero a caballo regresa del combate escoltado por sirvientes
carole raddato · cc by-sa 2.0
batallas

el juramento de la legión de lino

legio linteata

publicado

período
república temprana

en aquilonia, en el 293 a.n.e., la aristocracia samnita encerró a sus mejores hombres en un recinto de lino y les hizo jurar morir antes que huir. el cónsul lucio papirio cursor descubrió que el fanatismo no detiene a una legión bien formada.

cuando un ejército sabe que está a punto de quedarse sin hombres, su último recurso no siempre es forjar mejores armas: a veces es atar a los que le quedan con un juramento del que ya no se pueda salir. eso fue lo que hizo la aristocracia samnita en el año 293 a.n.e., en la cuarta década de un desgaste casi continuo contra roma. en un rincón de su campamento, junto a la ciudad de aquilonia, levantaron un recinto cerrado y lo cubrieron de lino blanco. dentro se fraguó una de las unidades más siniestras que recuerda la historia antigua: la legio linteata, la legión de lino.

la guerra venía de lejos. los samnitas —una confederación de pueblos montañeses del apenino central— llevaban tres guerras enfrentados a roma por el dominio de la italia central, y la tercera, abierta en el 298, se les estaba escapando. faltaban hombres y faltaba moral. la respuesta fue una leva general bajo una vieja institución itálica, la lex sacrata, la «ley sagrada» que consagraba a los reclutas a los dioses y convertía la deserción no en delito, sino en sacrilegio. todo samnita en edad militar quedaba obligado a presentarse en aquilonia bajo pena de muerte. de esa masa salió la flor del ejército.

tito livio, nuestra única fuente para la escena, la cuenta con un detalle casi teatral. en mitad del campamento se acotó un espacio de unos doscientos pies de lado, vallado y techado con telas de lino. allí oficiaba ovio paccio, un sacerdote anciano que decía recuperar un rito antiquísimo leído de un viejo rollo de lino. los mejores combatientes entraban de uno en uno. primero juraban no revelar lo que iban a ver; después prestaban el juramento terrible, una fórmula que lanzaba la maldición sobre su cabeza, su casa y su linaje si huían del combate o si veían huir a un compañero y no lo mataban en el acto. los que se negaron al juramento fueron degollados allí mismo, ante los altares, y sus cuerpos quedaron amontonados entre las víctimas del sacrificio como advertencia para el siguiente. el nombre de la unidad, recuerda livio, no venía de sus túnicas, sino del lino que cubría aquel recinto del juramento.

un soldado al que se ha enseñado a temer más a los dioses que a la muerte sigue siendo, en el campo, un soldado más.

de aquel rito salieron, según livio, dieciséis mil elegidos: el general nombró a diez hombres, cada uno escogió a otro, y así —vir virum legere, hombre eligiendo a hombre— hasta completar la cifra. conviene subrayar que ese número no procede de ninguna excavación ni de un parte de bajas, sino de la propia narración del historiador; la divulgación que lo presenta como dato «arqueológico» se inventa una precisión que las fuentes no dan. el resto del ejército formó detrás. cuando el cónsul lucio papirio cursor —hijo del célebre dictador del mismo nombre— atacó por fin, lo hizo con la legión manipular, la formación abierta en damero que combatía en líneas escalonadas y podía relevar al frente sin romperse. el choque demostró algo incómodo para quien confía en el miedo sagrado: la disciplina flexible de los manípulos trituró a los hombres del lino igual que a los demás. la legio linteata, escribe livio, no resistió mejor que el resto de la línea samnita.

aquilonia no fue un duelo aislado. a veinte millas, su colega espurio carvilio máximo tomaba al mismo tiempo la plaza de cominio, de modo que los dos cónsules deshicieron en paralelo el grueso del poder samnita. el botín fue colosal: livio asegura que el oro y la plata capturados bastaron para decorar los edificios públicos de roma y aún sobró para otras ciudades. papirio celebró su triunfo y se le decretaron siete días de acción de gracias. la tercera guerra samnita aún tardaría unos años en cerrarse del todo, pero el espinazo de la resistencia montañesa quedó roto aquel día.

ahora el matiz historiográfico, que conviene no saltarse. todo el episodio descansa sobre un solo testigo, livio, que escribió cerca de tres siglos después con anales romanos de fiabilidad desigual. stephen oakley, su comentarista moderno, sospecha que el relato del recinto de lino mezcla un núcleo real —la consagración de tropas por lex sacrata, bien atestiguada entre los pueblos itálicos— con material dramático prestado de otras escenas samnitas, y duda de que un juramento individual pudiera administrarse de verdad a miles de hombres uno por uno. el color de terror religioso encaja además demasiado bien con la imagen que roma quería de sí misma: la república racional frente al enemigo fanático y supersticioso. la legio linteata es a la vez un dato y un retrato interesado, y conviene leerla sabiendo cuál es cuál.

la ironía llegó después, y no fue de los dioses. papirio entregó todo aquel oro al tesoro público y no repartió nada entre los soldados que lo habían ganado; la paga de la tropa hubo de salir, encima, de un nuevo tributo, mientras carvilio sí distribuía a sus hombres ciento dos ases por cabeza. los legionarios que habían quebrado a la legión más temida de italia volvieron a casa con las manos vacías. roma había aniquilado a su peor enemigo de la montaña; pero el rencor del soldado que sangra y no cobra ya rumiaba dentro de sus murallas, y esa fractura entre quienes ganaban las guerras y quienes se quedaban el botín tardaría siglos en cobrarse su factura.

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fontes classicae.

  1. i. tito livio · ab urbe condita libro x, 38–39

bibliografía moderna.

  1. i. s. p. oakley · a commentary on livy, books vi–x
dídac
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dídac

ingeniero de software, divulgador histórico. escribe sobre historia política antigua y la rabia que le produce su propio siglo. construye en internet una encyclopædia romana — y unas habitaciones más.