en las calles ruidosas de la antigua roma, beber alcohol no era un capricho de aristócratas ni un simple vicio de taberna: era una pieza indispensable de la supervivencia diaria. y cada 23 de abril la ciudad entera lo celebraba, porque ese día se abría oficialmente el vino de la última cosecha y se confirmaba que la plebe tendría pan líquido y agua bebible un año más.
la fiesta eran las vinalia priora, la primera de las dos grandes festividades del vino del calendario. su sentido literal era abrir los dolia, las grandes tinajas de fermentación, donde el mosto del otoño anterior había fermentado durante meses, y catar por fin el resultado. pero antes de que corriera una sola gota para el consumo, se ofrendaba a los dioses —una ofrenda religiosa, no un tributo—: se derramaba una libación de vino nuevo sobre la tierra en honor de júpiter, dueño del cielo y, por tanto, del clima del que dependía toda viña. solo entonces empezaban las ventas masivas en los locales de comida de la ciudad.
aquí está la clave que la imagen romántica del banquete romano oculta. el agua de la ciudad no era igual de fiable en todos los barrios. los acueductos abastecían sobre todo fuentes públicas, termas y residencias acomodadas, mientras que en muchos distritos populares la gente dependía de pozos y fuentes que se contaminaban con facilidad: agua estancada, focos de enfermedades intestinales que en una urbe de un millón de habitantes podían ser mortales. el vino, ácido y alcohólico, era más seguro frente a los gérmenes, aportaba calorías densas y enmascaraba el mal sabor del agua con la que se mezclaba.
celebrar las vinalia era festejar que la plebe tendría, probablemente, un año más de subsistencia asegurada: un agua que a menudo enfermaba, contrarrestada por un vino que enmascaraba sus riesgos.
porque los romanos casi nunca bebían el vino puro. hacerlo era un estigma de barbarie, una costumbre que atribuían con desprecio a los pueblos del norte. la práctica civilizada era rebajarlo siempre con agua, y a menudo aderezarlo sin contemplaciones: miel, resina de pino para conservarlo, especias hervidas, y en las cubas más baratas de los barrios obreros, incluso agua de mar para estirar el producto. lo que llegaba a la copa del jornalero se parecía poco al caldo refinado que bebía un senador, pero cumplía la misma función vital.
conviene matizar el tópico de la roma permanentemente ebria, eso sí. precisamente porque se bebía a diario y diluido, la embriaguez abierta estaba mal vista y la moral tradicional la condenaba con dureza, sobre todo en las mujeres. el vino era un alimento más que una droga recreativa: parte de la dieta básica, presente en la mesa del pobre y del rico aunque en calidades abismalmente distintas. autores como plinio el viejo dedicaron páginas enteras a clasificar cosechas y regiones, prueba de hasta qué punto el producto vertebraba la economía y la cultura.
por eso las vinalia eran mucho más que una excusa para beber. eran el momento en que la ciudad comprobaba que uno de los pilares de su subsistencia estaba asegurado, igual que las fiestas del grano comprobaban el otro. roma conquistó el mediterráneo con sus legiones, pero a sus ciudadanos los mantuvo en pie, día tras día, una copa de vino mediocre cortado con agua sospechosa.