si te hubieras sentado en las gradas de piedra del circo máximo a mediados de abril, no habrías visto las veloces carreras de cuádrigas que esperas, sino zorros vivos corriendo despavoridos con antorchas encendidas atadas al lomo. no era un castigo ni una excentricidad de emperador: era un acto religioso de estado, el cierre solemne de una de las fiestas más importantes del calendario.
roma clausuraba las cerealia, los juegos en honor de ceres, la diosa del grano y de las cosechas. duraban una semana, del 12 al 19 de abril, y caían en el peor momento del año agrícola: la primavera, cuando el trigo sembrado en otoño estaba aún verde y completamente expuesto. una sequía, una helada tardía o una plaga en esas semanas podía borrar la cosecha entera y convertir el verano en hambruna. para una ciudad que comía pan importado y conocía bien el peso de una revuelta del grano, ceres no era una diosa decorativa: era el seguro contra el hambre.
el rito de los zorros lo recoge ovidio en sus fasti, y su lógica es la de la magia simpática llevada al extremo más literal. el enemigo del cereal era la roya, un hongo rojizo que oxidaba la espiga y la pudría desde dentro, la misma plaga que los romanos intentaban aplacar en otra fiesta, las robigalia, días después. la historiografía moderna lee al zorro como elemento de magia simpática: su pelaje rojo coincidía con el color de la plaga, y se asociaba con el calor abrasador del verano que secaba los campos. quemar al animal era quemar simbólicamente la amenaza.
detrás del escudo de las legiones invencibles latía una ciudad aterrorizada por quedarse sin pan.
el propio ovidio, fiel a su estilo, no se cree del todo el rito y cuenta una fábula etiológica para explicarlo: un niño de la antigua ciudad de carseoli atrapó a un zorro que le robaba gallinas, lo envolvió en paja y heno para quemarlo y el animal, ardiendo, escapó y prendió fuego a los cultivos. desde entonces, según la leyenda, la ciudad inmolaba zorros para vengar las mieses perdidas. la historia es seguramente una invención posterior para dar sentido a una costumbre cuyo origen real ya nadie recordaba: un fósil ritual heredado de un pasado campesino mucho más oscuro.
es fácil juzgar la crueldad desde la comodidad del presente, y la escena lo merece: docenas de animales ardiendo vivos para divertir y tranquilizar a una multitud. pero conviene leerla por lo que revela. la misma sociedad que tendía acueductos, redactaba códigos legales y conquistaba reinos creía que la diferencia entre comer y morir de hambre podía depender de prender fuego a un zorro en una pista de carreras. la cerealia era, en el fondo, una plegaria desesperada disfrazada de espectáculo.
con el tiempo, las cerealia derivaron hacia lo que mejor se le daba a roma: juegos, teatro y reparto de comida entre la plebe. pero el rito del fuego dejó claro lo que había debajo del barniz festivo. la capital del mundo conocido, la que presumía de dominar la naturaleza con su ingeniería, seguía pidiéndole permiso al cielo para que el trigo no se pudriera. todo su poder militar no servía de nada si el grano no llegaba a tiempo.