había un único día al año en el que el ejército más disciplinado de la antigüedad se negaba a entrar en combate, paralizado por el recuerdo de la peor derrota de su historia.
ocurrió un día como hoy, un 18 de julio. el año, según la cronología romana tradicional, era el 390 antes de nuestra era; los historiadores modernos lo sitúan más bien hacia el 387. livio cuenta que el detonante fue un desliz diplomático: unos embajadores romanos de la familia fabia, enviados a mediar en la etrusca clusio, rompieron el derecho de gentes tomando las armas contra los galos a los que debían apaciguar. ofendidos, los senones —un pueblo celta asentado en el norte de italia— dejaron clusio en paz y marcharon directamente sobre roma.
las legiones salieron a cortarles el paso junto al río alia, un afluente del tíber a once millas romanas de la ciudad. al mando no iban cónsules, sino tribunos militares con potestad consular. confiados por las victorias recientes, no levantaron campamento fortificado ni guardaron reservas. los galos cargaron de frente, el ala romana se quebró casi antes del choque y el pánico hizo el resto: parte del ejército huyó hacia veyes, parte se ahogó intentando cruzar el tíber con la armadura puesta.
no fue una batalla: fue una desbandada.
pocos días después, los galos entraron en una roma casi indefensa y la saquearon. livio añade la escena que roma contaría durante siglos: los senadores más ancianos, que no cabían en la ciudadela, esperaron a los invasores sentados en sus sillas de marfil, inmóviles como estatuas, hasta que un galo tiró de una barba para comprobar si estaban vivos y el hechizo se rompió en matanza. solo resistió la ciudadela del capitolio, que la tradición dice salvada de un asalto nocturno por los graznidos de las ocas sagradas de juno. buena parte de la ciudad ardió y con ella, según esa misma tradición, gran parte de los archivos. el caudillo galo, breno, aceptó marcharse a cambio de mil libras de oro; y cuando los romanos protestaron por las balanzas trucadas, livio le hace arrojar su espada sobre los pesos y pronunciar la frase más dura que roma escucharía jamás: «vae victis», ay de los vencidos.
el golpe fue tan hondo que roma marcó el 18 de julio en negro. el dies alliensis quedó como fecha aciaga: prohibido convocar asambleas, oficiar ciertos ritos, presentar batalla. siglos más tarde, aulo gelio todavía lo citaba entre los días de mal agüero del calendario, cuando hacía generaciones que nadie en roma había visto un senón.
el matiz historiográfico, como siempre, recorta la leyenda. la fecha tradicional del 390 procede de la cronología varroniana; los sincronismos con las fuentes griegas apuntan al 387. la arqueología, además, no encuentra bajo roma la capa de destrucción general que sugiere el relato: los incendios confirmados son localizados. y buena parte de la narración —el castigo divino, la redención por camilo— es reconstrucción de los analistas posteriores, que necesitaban convertir la humillación en lección moral. la derrota, eso sí, no la inventó nadie.
quedó la cicatriz, que es lo que importa: un día al año en el que la ciudad más belicosa del mediterráneo se negaba, por puro miedo heredado, a tocar las armas. roma llegó a perdonarlo casi todo, menos que el calendario le recordara que una vez corrió.