para borrar del mapa a su mayor rival regional, roma no se contentó con vaciar su tesoro en un asedio de diez años. según la tradición, terminó cavando un túnel bajo las propias murallas enemigas, y no solo para entrar en la ciudad: para algo bastante más extraño. para secuestrar a la diosa que la protegía. el sitio de veyes es la frontera exacta donde la historia militar romana se confunde con el ritual.
a pocos kilómetros al norte de roma, al otro lado del tíber, se alzaba veyes: la ciudad etrusca más rica y poderosa de la región, rival comercial y militar de roma desde hacía generaciones. el choque definitivo llegó a finales del siglo v. la tradición fija el asedio entre el 406 y el 396 a.n.e. —una década entera, una cifra que evoca deliberadamente los diez años de troya y que conviene tomar como redondeo épico más que como cómputo preciso—. el esfuerzo fue tan prolongado que, según las fuentes, obligó a roma a una innovación decisiva: empezar a pagar un sueldo al soldado, el stipendium, porque ya no se le podía pedir a un ciudadano que abandonara su granja durante años sin compensación.
incapaz de tomar la plaza por asalto, roma recurrió a la magistratura de emergencia y nombró dictador a marco furio camilo, el general más capaz de su generación. su solución no fue derribar los muros, sino pasar por debajo de ellos. ordenó excavar un cuniculus, una galería subterránea que avanzaba en secreto hacia el corazón de la ciudad, hasta desembocar —cuenta la leyenda— justo bajo el arx de veyes, donde se honraba a juno reina, la diosa protectora de la ciudad.
al despojarlos de su armadura teológica, las tropas romanas salieron del suelo y tomaron la ciudad desde dentro.
antes del asalto final, camilo ejecutó un acto que para un romano era tan militar como cavar la galería: la evocatio. de pie ante los muros, invocó solemnemente a la diosa enemiga y la invitó a abandonar veyes y trasladarse a roma, donde le prometió un templo más grande y un culto más espléndido. la lógica era de una coherencia helada con la mentalidad antigua: una ciudad no era inexpugnable por sus muros, sino mientras sus dioses la defendieran. si juno aceptaba el trato y se mudaba, veyes quedaba huérfana de protección divina y, por tanto, condenada. arrebatarle al enemigo a su diosa no era superstición: era una operación de guerra psicológica y teológica a la vez.
el desenlace fue fulminante. los soldados romanos emergieron del túnel dentro de la ciudad, abrieron las puertas desde el interior y tomaron veyes en un solo golpe. el botín fue inmenso, y la población superviviente fue vendida como esclava. roma no solo eliminó a su rival: absorbió su territorio, casi duplicando de un golpe la tierra que controlaba directamente y convirtiéndose, de hecho, en la potencia hegemónica del lacio.
la evocatio no fue un capricho narrativo de tito livio: era una práctica religiosa real y documentada del imperialismo romano, repetida en conquistas posteriores. roma rara vez destruía a los dioses de sus enemigos; prefería reclutarlos. esa flexibilidad —incorporar cultos ajenos en lugar de prohibirlos— sería una de las claves de su éxito como potencia multicultural durante siglos. la estatua de juno reina, según la tradición, fue trasladada al aventino, donde recibió el templo prometido.
la historia moderna trata los detalles más vistosos —el túnel que sale exactamente bajo el altar, la diosa que «consiente» con un gesto— como adorno legendario sobre un núcleo histórico sólido: la caída de veyes hacia el 396 fue real y transformadora. con ella, roma dejó de ser una ciudad-estado más entre muchas y se asomó por primera vez a la escala de una potencia regional. el problema es que la victoria los envaneció a tal punto que dejaron de mirar al norte. y por el norte, justo entonces, bajaba de los alpes un enemigo para el que ninguna de sus tácticas los había preparado.