había comprado el dominio del mundo, y el dominio del mundo cabía ahora en una sala vacía del palatino. el 1 de junio del año 193 n.e., didio juliano —el senador que dos meses antes se había hecho proclamar emperador pujando con dinero contante— se quedó solo. la guardia que le había vendido la púrpura lo había abandonado, el senado acababa de condenarlo a muerte, y por los pasillos ya no quedaba nadie. apenas un puñado de días después de su triunfo en el cuartel, descubría la única cosa que su fortuna no había previsto: que el poder que se compra no se sostiene con monedas, sino con las armas que uno no tiene.
conviene situar la escena sin volver a contarla entera. el 28 de marzo de aquel año, tras asesinar al emperador pertinax, la guardia pretoriana —los nueve o diez mil hombres que eran la única tropa estacionada en italia— había subastado el imperio desde las murallas de su campamento, y juliano se lo había adjudicado prometiendo veinticinco mil sestercios a cada soldado. esa es otra historia, contada aparte. lo que importa aquí es lo que vino después: el momento en que la compra se reveló por lo que era, un cheque sin fondos militares.
porque juliano había comprado a la guardia, pero no al ejército. los legionarios curtidos en las fronteras del rin, el danubio y oriente no entraban en el trato, y se indignaron al saber que un magnate había rematado en una puja el honor militar de roma. tres generales se proclamaron emperadores casi a la vez. el más rápido fue septimio severo, gobernador de panonia superior, que según herodiano azuzó a sus legiones recordándoles que la sangre de pertinax clamaba venganza, y partió hacia italia con la legio i adiutrix y la xiv gemina a una marcha que nadie esperaba. dion casio cuenta que tomó rávena sin asestar un solo golpe. juliano, mientras tanto, lo intentó todo desde la capital: lo declaró enemigo público, envió emisarios, ofreció compartir el imperio, mandó armar a los gladiadores de capua y rogó a un viejo aristócrata, claudio pompeyano, que reinara con él. pompeyano declinó. no quedaba nadie dispuesto a luchar por un trono comprado.
con dinero compró a los hombres que guardaban la ciudad; pero la legitimidad ya no estaba en la ciudad, sino en las espadas de las fronteras, y esas no estaban en venta.
cuando severo se acercó, la propia guardia pretoriana, comprada y todo, hizo el cálculo más frío posible: severo les prometió clemencia si entregaban a los asesinos de pertinax, y los mismos hombres que habían cobrado el soborno detuvieron a sus instigadores y dejaron a juliano sin escolta. el senado, que dos meses antes había ratificado su compra, se reunió de urgencia, le retiró el poder y proclamó emperador a severo. en cuestión de horas, el dueño del mundo se quedó sin un solo súbdito armado. lo que la historia augusta describe como una deserción total —«abandonado por todos, solo en el palacio»— era el desenlace lógico de haber confundido una transacción con un mandato.
el final fue tan humilde como el principio había sido escandaloso. el senado envió a un soldado raso a ejecutarlo, y lo encontró solo. herodiano dice que lo hallaron llorando sin dignidad; la historia augusta añade que murió implorando la protección del propio severo, el rival al que poco antes había sentenciado. y dion casio, que era senador y vivía en roma por aquellos años, conserva sus últimas palabras, una pregunta de incomprensión total: «¿pero qué mal he hecho? ¿a quién he matado?». había reinado sesenta y seis días. su cuerpo se lo entregaron a su mujer y a su hija, que lo enterraron en el sepulcro del bisabuelo, junto a la vía labicana.
ahora el matiz historiográfico, que conviene no saltarse. la fecha exacta de la muerte baila entre el 1 y el 2 de junio: el 1 es el día en que el senado lo condena y lo abandona la guardia —el punto sin retorno—, y algunas fuentes sitúan la ejecución material en la jornada siguiente. tampoco las versiones antiguas coinciden en el tono: herodiano lo pinta lloroso y patético, mientras dion casio lo describe sobriamente recostado en el propio palacio, sin dramatismo. la divulgación a veces lo mata «en un baño», pero ninguna fuente antigua menciona tal escena: es un adorno tardío. y la idea de que su fortuna venía de turbios «monopolios» tampoco se sostiene: las fuentes hablan de una familia acomodada, enriquecida por el comercio, y de un ascenso debido sobre todo a haberse criado en casa de domicia lucila, la madre de marco aurelio, y al favor imperial. rico lo era; cómo de rico, es más resbaladizo de lo que sugiere la leyenda.
de aquel verano salió la lección que roma repetiría hasta la náusea durante el siglo siguiente. el llamado año de los cinco emperadores no inventó la violencia sucesoria, pero sí desnudó el mecanismo: como señala mary beard, el poder imperial descansaba en última instancia sobre quién controlaba a los soldados, no sobre quién pagaba más por ellos. juliano fue el experimento puro, el hombre que probó a comprar el estado como quien adquiere una empresa. murió preguntando qué había hecho mal. la respuesta era sencilla, y la había firmado él mismo en el cuartel: lo había pagado todo, salvo la única cosa que no estaba a la venta.

