imagina que la guardia de élite de un estado mata al jefe del gobierno, se atrinchera en su cuartel y proclama que el cargo está en venta para quien ponga más dinero sobre la mesa. eso es, casi al pie de la letra, lo que ocurrió en roma. el 28 de marzo del año 193 n.e., la guardia pretoriana subastó el imperio romano al mejor postor. y alguien lo compró.
para entender la humillación hay que conocer a la víctima. el emperador pertinax era un militar de origen modesto, hijo de un liberto, que había alcanzado lo más alto y que intentó algo impensable: disciplinar a la guardia pretoriana y recortar sus privilegios desorbitados. los pretorianos eran la única tropa estacionada en italia, el cuerpo que custodiaba al emperador, y se habían acostumbrado a cobrar sobornos colosales por cada cambio de poder. pertinax quiso disciplinarlos. apenas duró tres meses: un grupo de soldados irrumpió en palacio y lo mató.
con el trono vacío y sin un sucesor claro, los pretorianos hicieron lo más cínico que registra la historia de roma: pusieron el imperio en una puja. desde las murallas de su campamento anunciaron que la púrpura sería para quien pagara más a cada soldado. y aparecieron dos postores. uno era sulpiciano, prefecto de la ciudad y suegro del propio pertinax asesinado, que ya estaba dentro del campamento. el otro era didio juliano, un senador inmensamente rico al que, según las fuentes, sus amigos arrastraron borracho de un banquete hasta las puertas del cuartel.
dos millonarios gritando cifras a las murallas de un cuartel. el premio: el dominio del mundo entero.
la escena, narrada por dion casio —que era senador y vivía en roma por esos años—, fue grotesca. a juliano le impidieron entrar, así que gritaba sus ofertas desde fuera, a voces, por encima del muro, mientras sulpiciano pujaba desde dentro. la subasta acabó en un duelo de cifras: sulpiciano ofreció veinte mil sestercios a cada soldado, y juliano lo remató con veinticinco mil. una fortuna por cabeza, el equivalente a una década de paga. los pretorianos cerraron con él, abrieron las puertas de hierro y lo proclamaron señor del mundo. conviene matizar que esa imagen de «subasta» es una metáfora hostil de dion casio, amplificada por herodiano; el mecanismo real era el donativum, la gratificación que cada nuevo emperador pagaba a la tropa para asegurarse su acceso, que la historiografía moderna no lee como una subasta literal.
el matiz que conviene fijar es por qué aquello no podía salir bien. juliano había comprado a los nueve o diez mil hombres de la guardia, pero el ejército de verdad —los legionarios curtidos en las fronteras del rin, el danubio y oriente— no entraba en el pacto. cuando los generales fronterizos se enteraron de que un aristócrata había comprado en una puja el honor militar de roma, la indignación fue inmediata. tres de ellos se proclamaron emperadores casi a la vez, abriendo lo que la historia llama el año de los cinco emperadores.
el más rápido y el más duro fue septimio severo, que partió desde el danubio hacia roma sin apenas oposición. juliano intentó negociar, sobornar, incluso decretó la pena de muerte contra su rival; nada funcionó, porque ya no le quedaba nadie dispuesto a luchar por él. el senado lo condenó, y un soldado lo mató en el palacio que había comprado, tras solo sesenta y seis días en el poder. su última frase, según las fuentes, fue un patético “¿pero qué mal he hecho yo?”. la lección quedó escrita en sangre: con dinero puedes comprar un cargo, pero no la lealtad de quien empuña las espadas.