durante medio siglo, los pueblos de italia central se habían odiado entre sí casi tanto como odiaban a roma. la novedad del 295 a.n.e. fue que, por una vez, dejaron de hacerlo. el avance romano se había vuelto tan asfixiante que logró lo que ninguna diplomacia había conseguido antes: que samnitas, galos, etruscos y umbros pactaran una alianza para borrar a la república del mapa. el choque de esa coalición con las legiones, en una llanura del piceno llamada sentino, fue la batalla más grande que el mundo itálico había visto jamás, y la que decidió quién mandaría en la península.
el motor de la coalición fue el samnita gelio egnacio, que llevaba años combatiendo a roma en la tercera de las guerras samnitas y entendió que ningún pueblo aguantaría solo el empuje romano. cruzó los apeninos con su ejército, sumó a los etruscos y umbros de la italia central y contrató a las temidas tribus galas de los senones, asentadas en el adriático. era, salvando las distancias, una guerra de bloques: cada pueblo aportaba lo suyo a un mismo objetivo. polibio, que escribió siglo y medio después y cuya cronología es independiente de la analística latina, recoge que la coalición empezó ganando —derrotó a una fuerza romana cerca de camerino y mató a muchos— antes de que roma reaccionara con dos ejércitos consulares.
los cónsules de aquel año eran quinto fabio máximo ruliano, un veterano cubierto de campañas, y publio decio mus, hijo del cónsul que medio siglo antes se había inmolado al pie del vesubio. antes de la batalla, roma maniobró con astucia: una columna penetró en etruria amenazando con devastarla, y el miedo a perder sus propias tierras hizo que buena parte de los contingentes etruscos y umbros abandonaran el frente para defender sus casas. cuando los ejércitos se alinearon por fin en sentino, la coalición había mermado: enfrente quedaban, sobre todo, los samnitas de egnacio y los galos senones. fabio tomó el ala derecha; decio, la izquierda, justo frente a los galos.
según tito livio, la batalla se torció en ese flanco izquierdo por una tecnología que los romanos no esperaban. los senones lanzaron sus carros de guerra contra la línea de decio, y el estruendo y la mole de los esseda tirados por caballos sembraron el pánico entre una infantería que nunca los había visto cargar. la formación de decio empezó a ceder y a deshacerse. fue entonces cuando el cónsul, viendo el desastre, hizo lo único que su estirpe sabía hacer con la derrota encima: convocó al pontífice, se cubrió la cabeza, recitó la fórmula arcaica de la devotio —que entregaba su persona y al ejército enemigo a los di manes y a la madre tierra— y espoleó su caballo en solitario contra las filas galas. murió enseguida, como mandaba el rito.
no buscaba vencer en la carga, sino caer arrastrando consigo a los dioses de la muerte sobre el enemigo.
el sacrificio devolvió el nervio a las legiones, pero quien ganó la batalla sobre el terreno fue fabio, que había guardado reservas precisamente para este momento y las arrojó sobre un enemigo ya desordenado por su propio ímpetu. la coalición se quebró. livio cifra en veinticinco mil los muertos del bando enemigo y en ocho mil los prisioneros, frente a unas siete u ocho mil bajas romanas; conviene tomar esas cifras con la prudencia de costumbre, porque proceden de una sola fuente analística que tendía a redondear al alza las matanzas gloriosas. lo seguro es la consecuencia: rota la gran alianza, etruscos, umbros y galos se retiraron de la guerra, y los samnitas quedaron solos para una resistencia que ya no tenía salida.
ahora el matiz historiográfico, que aquí pesa más que de costumbre. la devotio de este decio en sentino es el reverso exacto de la que su padre habría ejecutado en el 340 frente a los latinos, y la tradición añade aún un tercer decio que lo habría intentado contra pirro en ásculo. tres generaciones repitiendo punto por punto el mismo gesto extraordinario es demasiada simetría para no sospechar. la lectura crítica moderna invierte el orden ingenuo: el episodio del hijo en el 295 es el mejor atestiguado —lo refuerza, además, la mención independiente de polibio a la campaña—, mientras que la inmolación del padre se sospecha modelada sobre esta para dotar a la gens decia de un héroe fundacional. que el ritual de la devotio existió como institución es seguro; que decio cargara aquí exactamente así pertenece a la tradición, no al archivo. y la batalla misma, narrada por livio tres siglos después, llega teñida del color moralizante que la república gustaba de atribuirse.
aun descontando la leyenda, lo que sentino decidió es indiscutible. nunca volvió a alzarse contra roma una coalición itálica de aquel tamaño, y desde aquella llanura la república dejó de ser una potencia más entre potencias para convertirse en la dueña efectiva de la península. roma ya no era una ciudad: era italia. pero la propia magnitud del triunfo encerraba la semilla del siguiente capítulo, porque una potencia que domina toda una península acaba rozando, antes o después, los intereses del mundo griego. al otro lado del adriático, un rey ambicioso afilaba ya la mirada sobre el sur de italia, y traería consigo armas de guerra que ninguna legión había visto pisar suelo europeo.


